23 01 2012

 
 

Saura y Querejeta viajan juntos al planeta Picasso

 

El director y el productor firmarán al alimón un filme sobre el proceso de preparación del ‘Guernica’ en París

 

Todo ocurrió en el viejo atelier del número 7 de la rue des Grands Augustins, a dos palmos del Sena y tan lejos de una España temblorosa que ya rumiaba la masacre mutua. Todo ocurrió en 33 días. Los que el genio universal (no tan universal: en su propio país aún se le miraba con escepticismo) tardó en ejecutar el Guernica, una de las obras capitales de la Historia del arte, aunque ni él ni nadie lo supiera entonces. Pablo Picasso había recibido con cierta renuencia el encargo que una delegación del Gobierno de la República, integrada por Max Aub, Juan Larrea y José Bergamín, le había hecho en enero del 37 en su residencia parisiense de la rue de la Boëtie: un gran mural para decorar una de las entradas al Pabellón Español de la Exposición Internacional de París. Pero el bombardeo indiscriminado de la Legión Cóndor sobre la población civil de la villa de Gernika el 26 de abril de aquel año le hizo cambiar de opinión. Picasso se puso a pintar de forma frenética. Y su amante Dora Maar se puso a documentar fotográficamente el proceso.

Esta es la historia -la historia de un cuadro, aunque también la de los líos sentimentales de un genio y sus mujeres- que contará 33 días, la película que dirigirá Carlos Saura sobre una idea original del productor Elías Querejeta y en la que, con toda probabilidad, el actor francoespañol José García pondrá rostro y voz al pintor malagueño.

El rodaje tendrá lugar a partir de junio entre París y Gernika; en una nave industrial de la localidad vizcaína será reconstruido, centímetro a centímetro, el estudio que Pablo Picasso utilizó en el palacete situado en la confluencia de la rue des Grands Augustins y del Quai des Grands Augustins de París, justo donde se encontraba -y se encuentra- Lapérouse, uno de los restaurantes más célebres y caros de la ciudad. Picasso alquiló sin pensárselo el estudio que había localizado Dora Maar, y lo hizo fascinado por dos cosas: una, el propio espacio de techos altos y luz insultante, y dos, la historia del lugar. Y es que antes de él, allí había vivido el gran actor de teatro francés Jean-Louis Barrault, allí había acuartelado el escritor surrealista Georges Bataille al movimiento izquierdista Contre-attaque… y allí había situado Balzac la acción de su libro Chef- d’oeuvre inconnue (La obra maestra desconocida).

33 días es una historia fascinante para un reencuentro histórico en el cine español: Querejeta y Saura no se daban la mano en un proyecto desde que rodaron juntos la película Dulces horas, hace ya 30 años. Antes de eso, el tándem llevó a las pantallas películas esenciales de la cinematografía española como La caza (su primera colaboración), Cría cuervos, Mamá cumple cien años o Deprisa, deprisa.

Los dos están inmersos ahora mismo en un mar de discusiones (“Es que Elías insiste siempre en discutir, aunque yo esta película la verdad es que la tengo muy clara en mi cabeza”, cuenta entre risas Carlos Saura) en torno al guion, que corre a cargo del propio director sobre una vieja idea que Querejeta ha tenido en la cabeza durante largos años. “¡Joder, parece que estamos otra vez haciendo La caza!”, suelta en un bar del centro de Madrid Elías Querejeta, que no figurará como productor de la película debido al proceso judicial en el que se halla inmerso tras el cierre de su oficina, Elías Querejeta Producciones Cinematográficas.

33 días será una historia sobre el Guernica pero será ante todo una loca historia de amor, unas locas historias de amor: las que Picasso compartió con su joven esposa Marie-Thérèse Walter (madre de Maya Picasso) y con su fiel amante, la fotógrafa Dora Maar, autora de aquella frase definitiva: “Después de Picasso, solo Dios”. La primera visitaba al pintor en su estudio por las mañanas. La segunda lo hacía por las tardes. Hasta que un día, un error de agendas y horarios propició un encuentro inesperado y… ahí alcanza su cénit el guion de esta película.

“Dora Maar fotografió todo el proceso de creación del Guernica, que unos dicen que fue de 33 días y otros, de 35, pero yo creo que es más riguroso lo de 33″, explica Elías Querejeta, quien puso en marcha este viejo proyecto hace algo más de un año. La película será una coproducción entre España, Francia, Canadá y, casi con toda seguridad, China.

“Quiero recrear alrededor del Guernica el mundo personal de Picasso, cómo el hecho de pintar este cuadro fue casi una salvación para él en un momento de crisis personal, y sobre todo quiero retratar su relación con Dora Maar, un personaje fascinante que me ha interesado toda la vida”, cuenta Saura, quien admite su obsesión por el tema: “Llevo desde octubre documentándome sin parar, rodeado de libros por todas partes… la verdad es que estoy casi saturado de Picasso, un personaje al que adoro, como le ocurría a mi hermano Antonio”.

Y en un momento en el que el director del Prado, Miguel Zugaza, acaba de reabrir el debate sobre una posible entrada de la obra de Picasso en el museo, Querejeta y Saura, metidos ahora hasta el pescuezo en la vida y la obra del artista, quieren opinar al respecto: “Me parece estupendo, Picasso tendría que estar en El Prado, compartiendo un mismo espacio con Goya y Velázquez”, señala Querejeta. “La verdad es que estaría bien, porque es lo que él deseaba, aunque también está bien donde está”, zanja Saura.

Un reencuentro

Saura y Querejeta son coautores de títulos claves del cine español. Aquí están los principales:

- La caza (1965)

- Peppermint Frappé (1967)

- Ana y los lobos (1972)

- Cría cuervos (1975)

- Elisa, vida mía (1977)

- Mamá cumple cien años (1979)

- Deprisa, deprisa (1980)

 





27 12 2011

 

 

Navidades adult(erad)as

El mejor cine familiar apuesta por las fábulas subversivas

 

 

Hay lugar para los milagros en el cine que llega estas fechas a las salas españolas. No sólo por el rescate de Frank Capra que emprende Kaurismäki, también por las insólitas y extraordinarias aportaciones de “Rare Exports”, “Arthur Christmas” y “El Cascanueces 3D” al tradicional cine de temática navideña.

La Navidad se ha hecho adulta. O quizá se ha adulterado. Bajo el peso de tiempos asfixiantes y deprimentes (melancólicos, según Von Trier), parece sin embargo más pertinente que nunca creer en los milagros. O en algo parecido a ellos. Es verdad que ya quedó lejos la aparente candidez de Frank Capra, pero hay que recordar que su indeleble “Qué bello es vivir” (1946) no fue solo un villancico cinematográfico, sino una airada y tardía respuesta al New Deal, en la que todo un pueblo unía sus fuerzas contra el poder de un banquero. Inevitablemente, su vigencia se fortalecerá este año en las franjas televisivas de la Nochebuena. Pero el cuento más ‘capriano’ de cuantos llegan en estas fechas a las salas de cine será el último filme de Aki Kaurismäki. En “El Havre”, probablemente su más hermosa y compasiva declaración de confianza en el ser humano, la actriz-fetiche Kati Outinen dice que “los milagros nunca le ocurren a los pobres” sólo para que la película (y Kaurismäki y el espectador y el mundo) se empeñe en corregirla. Es la pulsión de los tiempos.

Todos los milagros, en verdad, tienen su reverso. Con el misterio que sugiere un paquete de regalo y un vestido amarillo, Kaurismäki apela a la fe de la audiencia, que al final del cuento podrá creer o no en su asombroso desenlace. Y es que, decíamos, la Navidad se ha hecho adulta y muestra signos de escepticismo. Incluso de crueldad. Así lo ve otro finlandés, el debutante Jalmari Helander, quien entrega la pieza más canalla, desatada y descreída de las fiestas navideñas. “Rare Exports, un cuento gamberro de Navidad” es una delirante fábula que reinterpreta la leyenda de Papa Noel en clave sangrienta. Pero no por ello deja de ser una de las películas más endiabladamente divertidas, enérgicas y festivas del año. La Navidad no es aquí una excusa para hacer una película, sino su origen político. “Rare Exports” adopta el brillo estético de Disney precisamente para subvertir su contenido y darle la vuelta a la emoción infantil. Aquí, de hecho, es imposible no creer en Santa Claus: aunque permanecía encerrado en un escondite arqueológico mantenido en secreto por una gran corporación (de nuevo, los oscuros intereses empresariales), despierta para secuestrar a los niños con la ayuda de su ejército de elfos. La fábula hipertrofiada da paso a un cuento macabro disfrazado de comedia terrorífica.

Evidentemente, la deconstrucción y actualización del mito de Santa Claus emerge como uno de los grandes desafíos para este tipo de propuestas, capaces de apelar al mismo tiempo a la magia y al desencanto navideños. Este año, “Arthur Christmas: Operación regalo” ha venido a demostrar que no toda pieza navideña debe arrastrar su oportunismo con buenos sentimientos, o que deba renegar del espíritu edulcorado de las fiestas con indolente cinismo. Dirigida por Sarah Smith y co-escrita con Peter Baynham (¡el guionista de las excentricidades de Sacha Baron Cohen!), esta película de animación se ha cocinado en el estudio de Wallace y Gromit, un dato que ya debería advertirnos de su ánimo satírico. De hecho, su memorable Abuelo Santa colisiona sin ambages con el imaginario de lo políticamente correcto. La historia imagina una vez más qué transcurre en las bambalinas de su taller durante la noche del 14 de diciembre: ¿cómo logra distribuir los regalos a todos los niños del mundo en una sola noche? La descripción de la sala de operaciones equipada con tecnología del siglo XXI, en espectaculares secuencias 3D con excelentes gags visuales, imponen un ritmo frenético y una imaginación desbordante. La astucia emocional de la película la convierte en una de las propuestas más sorprendentes en este fin de año: funciona como un entrañable elogio navideño (que encandilará a los niños), pero también como un entretenimiento para adultos que rechaza todo asomo de complacencia.

 

 

Pero el verdadero lobo con piel de cordero de estas fiestas es probablemente “El Cascanueces 3D”, de Andrei Konchalovsky, uno de esos cineastas que, para bien o para mal, nunca dejan de sorprender. El veterano director ruso transforma este clásico navideño, situado en la Viena de los años veinte, en torno a la muñeca mágica que el tío Albert (Nathan Lane) regala a su sobrina Mary (Elle Fanning), en una propuesta que se desvía por completo de su apariencia edulcorada. El viaje a otra dimensión -convertido en un recurso típico del cine 3D: “Avatar”, “Tron Legacy”, “Alicia en el país…” -, donde los juguetes asumen formas humanas y todo aparenta ser diez veces más grande, toma por momentos un grave contenido histórico. Bajo las formas de un musical y de una película de aventuras, Konchalovsky introduce claras referencias a la “solución final” nazi. Lo dicho, adulteraciones.

Relatos familiares
 
Quienes busquen relatos tradicionales en los mágicos mundos de la animación, siempre pueden refugiarse en el ternurismo de las aventuras de “Alvin y las ardillas 3″ (Mike Mithcell), “Copito de nieve” (Andrés G. Schaer), “El hombre cerilla” (Marco Chiarini) o “El rey León 3D” (Roger Allers y Rob Minkoff).  Nada nuevo bajo el sol (y las imágenes) de estas producciones. Junto a las epifanías navideñas, florece la unidad familiar. A este sentimiento se suma Cameron Crowe, quien después de su documental cuasi-panegírico Pearl Jam Twenty cambia radicalmente de tercio para trasladar las memorias de Benjamin Mee a California, donde un padre de familia (Matt Damon) abandona su empresa para cuidar de sus hijos, hacerse cargo de un zoo de animales salvajes y cambiar de vida después del trauma de perder a su mujer. La familia entendida sin lazos de sangre es la que reivindica “Maktub” (Paco Arango), que, inspirándose en el ‘best-seller’ El alquimista, congrega en una Nochebuena a varios extraños determinados a reponerse de sus respectivos dramas existenciales. El veterano Gary Marshall, a su vez, hace converger en la Nochevieja londinense diez subtramas distintas en “Noche de fin de año”.
 
Por El Cultural
 




23 10 2011

 

 

Últimos sueños en celuloide

El veterano cineasta ‘underground’ Jonas Mekas presenta sus videocartas

 

 

 

Han pasado más de ocho décadas desde que un militar ruso destruyera con sus botas la primera cámara que tuvo Jonas Mekas, pero la imagen persiste obstinada en el recuerdo del anciano cineasta. “Yo era un niño, y con toda mi inocencia salí a la carretera a fotografiar los tanques. Era mi primera cámara. El principio de todo. Y ahí sigue, destrozada en el suelo”. Nacido en Lituania en 1922, Mekas llegó a Nueva York en 1949, donde se convirtió en uno de los fundadores del cine underground estadounidense. Una etiqueta que no solo engloba su pionero cine de vanguardia sino su labor como escritor desde las páginas de su revista, la mítica Film culture (fundada en 1954), desde su columna del Village Voice, y desde su empeño de guardián de la memoria cinematográfica a través de Anthology Film Archives, institución única en el mundo que desde su fundación en 1970 cataloga, preserva y exhibe películas, todo tipo de películas, en uno de los mayores gestos de amor al cine de los que hay noticia.

Pero la cabeza de Mekas no se quedó anclada en aquellos años de ebullición artística ni su obra se atascó en ninguna tradición. En 2007 rodó con su afilada mirada puesta en la diminuta pantalla de los iPods 365 películas diarias (365 day project) que se estrenaron en Internet y que apuntaban sin prejuicios a eso que él describe como “filmar como reacción a la vida”. Una reacción que ahora emerge en un nuevo proyecto: las Correspondencias que, dentro de la serie de películas epistolares entre cineastas producidas por el CCCB de Barcelona y la Casa Encendida de Madrid, ha mantenido en los últimos dos años con el español José Luis Guerin. En ellas, además de hacer lo que más le gusta (bailar, beber vino y contemplar el paso de las estaciones por la ventana de su casa de Brooklyn), Mekas se pregunta por el misterio de filmar, el impulso irrefrenable de grabar momentos de su vida, fragmentos que perduran mientras los días siguen su curso. “¿Por qué grabo lo que grabo y no otra cosa? Es una pregunta retórica que me hago pero que en realidad no me interesa responder. Y no me interesa porque no hay respuesta. Los griegos lo sabían bien: hay musas y cuando llegan, simplemente, no podemos resistirnos a ellas”.

¿Y cuando se le apareció por primera vez su musa? “Tenía seis años”, responde con su inglés algo metálico, aun impregnado por sus orígenes. “Le recité a mi padre, que era un granjero, un hombre del campo, un largo poema épico sobre lo que él hacía en ese preciso momento. Es curioso, pero creo que he dedicado mi vida a intentar recrear aquel instante. No hago otra cosa: filmo sobre lo que veo, y, como entonces, siempre estoy muy cerca de los hechos”.

Pero los hechos tienen el pulso de su ánimo y por eso el cine de Mekas es un tratado compuesto por mil pedazos de realidad que reflejan su manera única de estar en el mundo. “Una situación, un sonido, un color… cualquier cosa activa dentro de mí ese impulso que me mueve a querer capturar esa memoria y, quizá, compartirla con otros. Aunque eso viene luego y, para mí, es secundario”.

Filma para sí mismo, insiste. La última vez que sacó su cámara ha sido por la mañana, cuando sobrevolaba los pirineos en avión. “Quería grabar la nieve de las montañas, esa nieve que lleva ahí toda la vida”. Hoy presentará en Barcelona sus cartas con Guerin y luego viajará en coche hasta Madrid con “una pandilla” compuesta por su hijo y viejos amigos llegados de toda Europa. “Somos unos cinco, queremos parar en lugares, ver el paisaje, conocer a la gente. Me gustaría pasar por Ávila. Desde hace años sigo los pasos de Santa Teresa. Tengo una película dedicada a ella, Las canciones de Ávila. Filmé en 1966 las primeras secuencias. Luego volví, el país era otro. Ella me seguía interesando: era una trabajadora, creo que de ahí viene nuestra vieja relación, pero por favor no me pregunte más, es difícil explicar que nos conecta con determinados santos”.

Mekas esquiva a su santa pero exige que se recuerde que la memoria fílmica de un país es tan importante como las obras de arte de sus museos. “Dígalo, escríbalo. Todos los gobiernos tienen la obligación de salvaguardar esa memoria, la que está en todas las películas, de todos los tipos”. La energía del anciano cineasta fluctúa: en su solapa, una chapa de apoyo al movimiento Occupy Wall Street reconoce que ya no es “el único soñador” que quedaba en Nueva York aunque su mirada a la ciudad no puede evitar estar teñida de nostalgia: “Mi vida en Nueva York no fue siempre de vino y rosas, pero yo solo recuerdo el vino y las rosas”.

Por El PAÍS

 





11 09 2011

 

Sesión de tarde con Franco

 

Nuevas revelaciones confirman la pasión cinéfila del dictador. Vio más de 2.000 películas en pases privados en El Pardo, entre ellas algunas censuradas

 

 

“Programa de Cinematógrafo que se proyectará ante Sus Excelencias el día 6 de enero de 1946. Noticiario español número 157-B. Imágenes número 53. Descanso. El sargento inmortal. Interpretado por Henry Fonda y Maureen O’Hara. Director: Jhon (sic) Stahl. Producción y distribución: FOX”. Con esta pompa se anunció en el palacio de El Pardo la primera sesión de cine documentada de la que hay noticia. La costumbre, que se repetiría varias veces a la semana hasta la muerte del caudillo, ilustra hasta el detalle la secuencia de la que fue una de sus grandes pasiones: el cine.

El catedrático de Historia de Cine Josep Maria Caparrós Llena iba a la caza de indicios que demostrasen la supuesta faceta de Francisco Franco como crítico de cine (bajo seudónimo) en una revista militar cuando se topó con el día a día del cine en El Pardo.

En los archivos de la residencia del dictador, Caparrós se encontró con un fascinante material de estudio que confirma la leyenda urbana sobre la pasión cinéfila del dictador: 2.094 programas de cine correspondientes a otros tantos largometrajes que el dictador, en compañía de su esposa, familiares y amigos selectos, fue visionando en privado a lo largo de las tres últimas décadas de su vida. “Un pozo sin fondo, que nos dirá mucho sobre los gustos y costumbres del Franco cinéfilo”, explica este miembro del Centre d’Investigacions Film-Història de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Barcelona.

El archivo de visionados no arranca hasta el 6 de enero de 1946. El balance de películas proyectadas arroja una media de dos a la semana. Los domingos era día fijo de sesión. Y agosto, el único mes que queda siempre limpio en esos 31 años de cine doméstico.

El ritual, como se ve, era serio y fiel a los cánones de la exhibición del momento. Franco había habilitado el teatro de los Reyes de El Pardo para las proyecciones, que se hacían siempre por la tarde y empezaban con el inefable Noticiario español, un No-do que Caparrós tiene pendiente revisar. “Es muy posible que le pasaran sobre todo aquellos en los que él aparecía”. Tampoco sería muy difícil: la presencia del dictador en el tristemente ideologizado informativo se ha cuantificado en 1.376 veces, es decir, en un 34,2% de los programas producidos.

El noticiario podía ir acompañado -o ser sustituido en algunas sesiones- por una entrega de Imágenes, aquellos grandes reportajes monográficos producidos por el No-do. En ocasiones podían proyectarse cuatro, como el 11 de enero de 1950: En estos años de paz; Veraneo 1947; Montería en El Pardo y Pesca deportiva del salmón. Su final marcaba el obligado descanso antes de proyectar el filme. “¡Eso quiere decir que se tiraba más de media tarde dos días a la semana dedicado al cine!”, exclama sorprendido Caparrós.

Tan sorprendente resulta el primer análisis de la calidad de los filmes de un programa que, en su opinión, confeccionaban su amigo, el productor Cesáreo González (Suevia Films), y su misma esposa, Carmen Polo. “Para Franco el cine era un hobby, una manera de pasar el rato, y eso explica que la mayor parte de lo que vio fuera de género, comercial, con mucha comedia, pocos musicales y bastantes western y filmes de aventuras. A falta de un estudio en mayor profundidad, es posible establecer algunos porcentajes: unas tres cuartas partes (1.500) son producciones extranjeras -”casi todas de Hollywood; hay muy poco cine europeo y no he visto ninguna rusa”-, y apenas unas 500 son españolas. Entre ellas, mucho James Bond (Desde Rusia con amor incluida), Los diez mandamientos; Ben-Hur; El Padrino y Cabaret. Solo hay tres de Hitchcock.

Todo lo veía doblado al español, y las películas de culto que consumió en todos esos años se pueden contar con las dos manos: El manantial de la doncella, de Bergman; Las noches de Cabiria, de Fellini; El mensajero, de Joseph Losey; El gatopardo y Luis II de Baviera, de Visconti, y Rashomon, de Kurosawa.

En muy menor medida, también se exhibieron, porque así consta en el estado de los cartoncillos de los programas, películas sin censurar. Apenas un 0,5%. Nueve en total: No hay tiempo para amar (Mitchell Leisen) y Loquilandia (H. C. Potter), ambas vistas en 1946; Alma en suplicio (Michael Curtiz, 1948); Carrusel napolitano (Ettore Giannini) y Ulises (Mario Camerini), las dos exhibidas en 1954; Fedra (Manuel Mur Oti, 1956); Feliz año, amor mío (Tulio Demicheli, 1958); Labios sellados (Karl Malden, 1959), y, cómo no, El Cid (Anthony Mann, 1961). En los tarjetones de los años setenta aparecen clasificadas con las categorías del momento: “Tolerada”, “18 años…”. Como mínimo, Caparrós ha encontrado una en la lista que estaba prohibida entonces: Cristóbal Colón, de Fredric March, que se exhibió en El Pardo en 1950. Con cinco años de retraso con relación a su estreno internacional, el 12 de enero de 1947, se pasaba Casablanca, a pesar de las referencias a la Guerra Civil española… Con los años, se aventura el investigador, “las películas eran más fuertes”. “Están las del comunista Juan Antonio Bardem como Muerte de un ciclista, Calle Mayor y Cómicos, y también otras bastante polémicas, como Furia española, Pepita Jiménez…”.

Los filmes llegaban a El Pardo enviados por las propias distribuidoras. “Facilitada por deseo expreso de Walt Disney para ser proyectada a SS EE”, se lee en la tarjeta de la sesión del 26 de enero de 1952, la del filme La cenicienta. Los dibujos animados del creador norteamericano eran cita obligada en las sesiones especiales que el caudillo montaba cercana la efeméride de su nieta María del Carmen, hija de los marqueses de Villaverde, como la que realizó el 26 de febrero de 1955, con siete películas de animación, entre las que estaban las aventuras de Tom y Jerry. El interés por el género del caudillo era muy grande. Como podría demostrar un comentario de Orson Welles -quien en una ocasión aseguró haber visto alguna-, Franco habría realizado películas domésticas de dibujos animados.

Otra sesión muy especial fue la del 3 de diciembre de 1950, donde el No-do presentaba, por un lado, Marcha nupcial (Boda de la hija de S. E. el jefe de Estado) y, por otro, Viaje a Italia. Realizado por la Excma. Señora doña Carmen Polo de Franco, demostrando que la esposa también tenía veleidades cinematográficas. Amén de las correspondientes imágenes caseras, tras el descanso ese día se proyectaba La máscara de los Borgia, de Leisen, con Paulette Goddard.

De la logística de llevar y devolver las bobinas se encargaba personal del No-do, de donde provenían también los operadores de la cabina, “que nunca fueron más de tres: Carlos Suárez, Antonio Ravenga (ambos fallecidos) y Jorge Palacio, aún vivo, pero muy mayor”, contextualiza Caparrós. En cualquier caso, el estudioso es consciente de que Franco también debía mirar, solo, filmes delicados. Lo hace sospechar que entre los 2.094 largometrajes estén dos de Berlanga: ¡Bienvenido Mister Marshall! (este, sin estrenar, lo vio el 10 de febrero de 1952) y Calabuig. No aparece, sin embargo, El verdugo, que “consta que vio y le molestó sobremanera”. Algo parecido sucedió con Viridiana, de Buñuel.

Es 1954 fue cuando la familia Franco vio más películas, 79, según el cuadro que ha confeccionado ya Caparrós y en el que se detecta un paulatino bajón en el número de proyecciones a partir de la década de los sesenta, que atribuye al impacto de la televisión. Aun así, en 1975, el año de la muerte de Franco, en El Pardo se proyectan 44. En la última sesión, del 26 de octubre, a menos de un mes de su fallecimiento, el documental (“en color”) es Pasaporte para la paz, y el filme, El veredicto, de André Cayatte, con Sofhia Loren y Jean Gabin. ¿Un guiño de película?

Por CARLES GELI. Publicado en EL PAÍS 

 





21 08 2011

 

El espíritu  ’Spielberg’

 

J. J. Abrams, Jon Favreau y Michael Bay se han convertido en los nuevos Midas de Hollywood. Y todos cuentan con el beneplácito del director de “E.T.”, que ha producido sus últimas películas:  “Super 8”, “Cowboys & aliens” y “Transformers: El lado oscuro de la luna”

 

 

 

¿Qué tienen en común el verano y Steven Spielberg? Los dos huelen a dinero. A estas alturas, el cineasta tiene ya demasiada clase y millones como para estrenar un proyecto dirigido por él durante la temporada estival, pero Hollywood sigue necesitando cerebros como el suyo que den taquillazos y dejen al público con ganas de volver a las salas. Mentes como la del creador de “E.T.” que, además de ofrecer elaboradas montañas rusas llenas de emoción y velocidad, sepan utilizar los efectos especiales para contar historias personales y con corazón. “Historias de gente corriente en situaciones extraordinarias“, resume J. J. Abrams, un enamorado, como tantos otros de su generación, del trabajo de Spielberg. El hombre que dio una vuelta de tuerca más a la narrativa televisiva con “Lost” lidera, a sus 45 años, a ese grupo de elegidos para la gloria. Otros alumnos aventajados son Jon Favreau, de 44 años, autor de esa bomba del product placement titulada “Iron Man”, y Michael Bay, de 46, que ha hecho de la robótica bombástica de “Transformers” un filón aparentemente inagotable. Todos ellos opositan a nuevo Midas en la industria.

Sus trayectorias transgresoras, transmediáticas y transcontinentales les garantizan su lugar en el Olimpo y el respeto del propio Spielberg, que apadrina y produce los tres estrenos con los que la cartelera mundial estival: “Super 8” (Abrams), “Transformers: El lado oscuro de la luna” (Bay) y “Cowboys & aliens” (Favreau). Y es que, como dice Abrams, “¿en qué potencial hit cinematográfico no está metido Spielberg?”.

 

J. J. ABRAMS un alumno aventajado

 

El responsable de “Lost” y la resurrección de “Star Trek” pone a prueba sus dotes para suceder al Midas Spielberg con “Super 8”, una vuelta de tuerca al género marciano para niños y mayores.

“¿Qué tengo en común con Spielberg? ¿Que somos los dos bípedos? No se me ocurre otra cosa“, bromea Abrams. Si nos ponemos así, en algo se le parece el neoyorquino: ambos llevan gafas. O en esa película titulada “Super 8”, donde lo más difícil fue eliminar toda referencia directa al artífice de buena parte de la iconografía marciana para todos los públicos de los setenta y ochenta. La trama se centra en un grupo de chavales que filman una película en súper 8 cuando el descarrilamiento de un tren les pone frente al mejor de los monstruos. “Mi intención nunca fue rendir homenaje. Lo que es peor: ¿cómo reflejas con honestidad la generación del 79 [año en que transcurre el filme] sin incluir un póster de Tiburón o de Encuentros en la tercera fase? Pero quedaría muy raro hacer una película junto a Spielberg que glorifique su imagen“, se explica el realizador.

Aun así, “Super 8” refleja esa América suburbial que el director de “E.T.” puso en el mapa con asambleas municipales tipo “Tiburón”, secuencias de destrucción masiva al estilo de “La guerra de los mundos” o con un adiós a lo “Encuentros en la tercera fase”, esta vez con Michael Giacchino (autor de la banda sonora de “Lost” o de “Up”) como nuevo John Williams.

Pero si Abrams es el mejor candidato a suceder a su ídolo no lo es por este compendio de anécdotas, sino por toda su carrera. Primero con “Alias” y después con “Lost”, probó con éxito a redefinir las reglas de la narración televisiva, convirtiendo esta última en lo más parecido a una religión que haya dado el medio desde “Star Trek”. Por eso no extraña que fuera escogido para retomar la franquicia galáctica tras probar su solvencia en cine con “Misión: Imposible III” y “Monstruoso”.

Antes, en sus días de estudiante, Abrams cobró 300 dólares junto a su amigo Matt Reeves por restaurar los filmes de 8 milímetros de su maestro, “Escape from nowhere” (cinta bélica de 40 minutos que Spielberg rodó con 13 años, en 1959) y “Firelight” (1963, que serviría de germen a “Encuentros en la tercera fase”). Los Angeles Times ya vaticinó el porvenir de Abrams entonces al describirle como “maravilla barbilampiña“.

 

 

 

JON FAVREAU o el origen de los superhéroes

 

Es el hombre que ha hecho de la maquinaria promocional y el product placement todo un arte. Se desmarca de “Iron Man” con la adaptación de la novela gráfica “Cowboys & aliens”.

La Marvel besa por donde pisa. “Thor”, “Capitán América”, incluso “Hulk” no serían hoy lo que son de no ser por la vida que este doctor Frankenstein llamado Jon Favreau inyectó en “Iron Man”. Y también en Robert Downey Jr., a quien devolvió una carrera que parecía más muerta que la de Mel Gibson. Este actor mediocre metido a director indie encontró la gloria casando su pasión por el cine y los cómics y sumándole su hiperactividad en Twitter.

Cuando todos esperaban que prolongara sus garantías de éxito con una tercera parte de “Iron Man”, se desmarcó con una golosa propuesta que llevaba un lustro deambulando por Hollywood: la adaptación del cómic “Cowboys & aliens”. “Desde que leí el título supe que había una buena historia y muchas malas“, dice para echarle emoción a su apuesta. Una cinta de vaqueros y marcianos con ese componente de “hombre frente al mundo” con el que Spielberg ha barnizado muchos de sus taquillazos. “Jon es de lo más interesante, y eso que siempre me preocupa trabajar con actores directores por temor a que te digan cómo actuar en lugar de compartir la ambición que quieren alcanzar“, resume Harrison Ford.

Mientras otros prefieren guardar su obra en secreto, Favreau lleva dándole bombo desde la pasada Comic Con de San Diego. Tal y como él resume: “Mi fortuna es que he sido capaz de encontrar conceptos comerciales a los que poder llevar la misma sensibilidad que aplicaba a mis filmes independientes. Pero ahora con un presupuesto en condiciones“.

 

 

 

MICHAEL BAY o la boca más grande de Hollywood

 

No hay dos sin tres. Sobre todo si chorrean dinero. Tras convertir “Transformers” en una de las franquicias más millonarias, regresa con una tercera más grande, más robótica y en 3D.

Visionario no es. Aunque hace dinero a punta pala (sus dos partes de “Transformers” llevan recaudadas 1.546 millones de dólares) a pesar de lo que digan las críticas (recordemos: “Pearl Harbor” se alzó como uno de los mayores bodrios del cambio de siglo). Él lo encara con chulería. También es el mejor ejemplo de autor que supedita los personajes y la historia al espectáculo, el mayor exponente junto al productor Jerry Bruckheimer del cine de palomitas más explosivo.

Sin embargo, Spielberg lo considera un hombre que “trabaja con humanos y no con máquinas“. A él le fue en 2005 con la idea de que dirigiera la franquicia basada en esos juguetes de la era Reagan llamados Transformers. A Bay la idea le pareció estúpida. Tan estúpida como años más tarde le pareció la idea del 3D, avance tecnológico que describió como una engañifa. Menos mal que este bocazas es capaz de recular y este verano ha estrenado “Transformers: El lado oscuro de la luna”, nueva entrega de esa saga que dijo que no iba a hacer y que además ha rodado en digital y en 3D. Todo arrestos, aseguró públicamente que no haría tampoco esta tercera parte, para en menos de una semana ponerse manos a la obra con un presupuesto de 195 millones de dólares. “Yo soy de la vieja escuela. Me gustan las lentes anamórficas, las cámaras de Panavisión, la película de 35 mm que puedes tocar. El 3D no tiene nada de eso“, detalla Bay nostálgico. “Pero también soy de los que les gusta darle una gran experiencia al espectador“, justifica.

 

 

Ahora estos tres cineastas se han alzado en los primeros puestos de las taquillas mundiales y las puertas de los grandes estudios están totalmente abiertas para sus futuros proyectos. Proyectos que no dejaran indiferentes a nadie y que significaran el máximo exponente de la industria del cine: Entretenimiento en Mayúsculas!!!!!…