“13 asesinos” una gran masacre samurai

13 08 2011

 

 

En una de la notas más crueles de esta ambiciosa película que es mucho más que un ejercicio de estilo sobre el jidaigeki -el drama de época japonés-, una mujer con los miembros amputados, víctima del perverso lord Naritsugu, escribe, pincel en boca, su reclamación de venganza: “Masacre total”. Dos términos que al incondicional del director Takashi Miike no le extrañaría nada ver como eslogan publicitario de alguna de sus películas. El mismo mensaje reaparece algo más tarde, como preámbulo de ese clímax final de 45 minutos que, en efecto, da lo que promete, pero, probablemente, no en la forma en que todo aquel que malinterpreta a Miike como artesano de la provocación gratuita hubiese esperado.

Quizá uno de los directores más libres y prolíficos del cine contemporáneo, Takashi Miike no ha tenido la suficiente presencia en las salas españolas -seis películas estrenadas, una de ellas colectiva, frente a su producción de 80 títulos en tan solo 20 años- como para que el espectador pueda formarse cabal idea de la coherencia de su discurso en constante expansión. Heredero de los francotiradores del cine popular japonés de los años sesenta y setenta -Kenji Fukasaku, Yasuzo Masumura, Seijun Suzuki, Koji Wakamatsu, Norifumi Suzuki o Masaru Konuma-, Miike parece entender su carrera como la del infatigable corredor de fondo serie B, capaz de transitar géneros distintos, aplicando sobre ellos una mirada disfuncional, sustancialmente diferente a la que suele asociarse al concepto de Autor (con mayúsculas). El crítico británico Tony Rayns dio en el clavo al emparentar su arte con el de Joseph H. Lewis y Edgar Ulmer, las más extravagantes notas al margen en el discurso de la serie B americana. Miike ha llegado a dirigir siete películas en un solo año: quizá ninguna ha llegado a ser una obra maestra -ni lo pretendía-, pero en todas ellas aflora la vehemente originalidad del cineasta.

Remake de un clásico de 1963 dirigido por Kudô Eiichi -cineasta que usó el jidaigeki como lectura de los disturbios estudiantiles en el Japón de los sesenta-, 13 asesinos muestra un rostro del poliedro Miike que, probablemente, siempre había estado ahí: aquí el director no ejerce de eterno enfant terrible, sino de heredero respetuoso con la tradición, dispuesto a subordinar (que no evaporar) su identidad a la recreación de un discurso por el que siente un profundo respeto. Resulta significativo que su siguiente trabajo haya sido otro remake: la versión en 3D del Harakiri (1962), de Masaki Kobayashi.

13 asesinos cuenta la historia de la misión extraoficial, promovida en las cloacas del poder, para desarticular el peligro político que supone la escalada de violencia promovida por un noble sádico. Miike se muestra más fascinado por la plasticidad de la estrategia que por lo que pasa por el interior de los personajes, pero su película baña de contemporaneidad los ecos de Kurosawa, a través de su lenguaje inmersivo y su paleta cromática manipulada digitalmente. Un tour de force menos clásico de lo que parece a primera vista.

El País

 

 

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