“El árbol de la vida”, la obra maestra de Terrence Malick

18 09 2011

 

 

Terrence Malick llega por fin con la película que consiguió la Palma de Oro en el último Festival de Cannes. Un filme que dinamita una forma tradicional de hacer cine para conseguir una obra que puede calificarse de radical, abstracta e innovadora

 

Apenas cinco títulos y dos cintas en las que actualmente trabaja rubrican un trabajo insólito y exquisito. Su manera de rodar pertenece a su universo: huye de las entrevistas como alma que lleva el diablo, no concede ni una desde 1979, no quiere micrófonos, ni grabadoras cerca, y da esquinazo a los fotógrafos. De hecho, para recordar cómo son los trazos de este hombre nacido en Waco (Texas) en 1943 hay que recurrir invariablemente a la misma imagen en la que luce un sombrero de ala y sonríe.

A pesar de que se toma su tiempo a la hora de dirigir sus películas están tocadas con premio: “La delgada línea roja” (1998) estuvo nominada a dos Oscar, a mejor director y guión original. No pudo ser. Sin embargo, apenas un mes después Berlín le daba su sitio y le colocaba en las manos el Oso de Oro por la cinta. Cannes se fijó en “Días del cielo” (1978), por la que obtuvo la Palma de Oro como mejor director. Este año volvió a reconocer que es uno de los grandes con la Palma de Oro por “El árbol de la vida” (2011). Malick sabía bien por dónde se movía al situar la película en los años 50. El equilibrio de la familia de Jack, cuyo padre está obesionado con el éxito de sus vástagos, se quebrará tras un suceso trágico.

Su primer largo vio la luz en 1973, “Malas tierras“, una cinta protagonizada por Martin Sheen y Sissi Spacek que llamó poderosamente la atención de la crítica porque se salía de la norma. El suyo era el caso de un director que no demostraba el menor interés por ganarse la taquilla, pero que sabía establecer un universo personal. La cinta, inspirada en un hecho real, se estrenó en el Festival de Cine de Nueva York.

Y ahora es un cruel dilema el que propone  Malick en “El árbol de la vida”, una fisura que divide al mundo entre los dominios de la razón y del sentimiento, entre la entrega a una fe ciega o la sumisión al dictamen de las entrópicas leyes de la naturaleza. Hay que tener valor, incluso estar un poco loco, para querer plasmar en imágenes algo parecido a una respuesta a la cruzada existencial que rige la vida de todo hombre: primero porque dicha empresa es imposible -de ahí, supongo, que la película sea imperfecta, lo que posiblemente la hace aún mejor; al fin y al cabo, quién quiere que las películas sean perfectas- y, segundo, porque cualquier posicionamiento será susceptible de ser atacado. Es lo malo de los bandos: siempre hay uno enfrente que lleva la contraria.

De hecho, resultan sorprendentes las susceptibilidades que la película ha despertado en algunos críticos (aquí no hay corrientes de pensamiento, sólo personas enfadadas) que parecen no perdonar a Malick que se atreva a desentramar el dilema panteísta acusándolo de trascendentalista, apólogo del new age y no sé cuántas tonterías más; enarbolando la bandera del orgullo ateo, olvidando que algunas de las obras más bellas e importantes de la historia del cine poseen un indeleble débito para con la religión cristiana, ya fueran firmadas por creyentes como John Ford, King Vidor o Carl Theodor Dreyer o por apóstatas como Ingmar Bergman, Pier Paolo Pasolini o Serguei M. Eisenstein.

Se podría estar discutiendo eternamente al respecto, pero sería muy aburrido. Porque si hay algo cierto en todo esto es que Malick no es un profeta, sino un cineasta, de hecho, uno de los mejores que ha habido nunca. Eso es lo que importa: El CINE. Así, en mayúsculas, como nunca se había visto antes, un meteorito lanzado al gran público mainstream desde el corazón de la industria más adocenada que, sin embargo, es tan radical, abstracto e innovador como la obra de experimentalistas como Jonas Mekas o Stan Brakhage. Algo que por más que se trate de relativizar, hasta la fecha sólo estaba al alcance de los pocos outsiders que quedan en Estados Unidos: Lynch, Cronenberg, Van Sant, Ferrara. Claro que ser una rara avis en un mercado artístico estancado tampoco debería ser, por sí mismo, algo positivo. Pero es que luego están las imágenes y, ojo, qué imágenes. Decía el crítico Àngel Quintana que después de la presentación en Cannes de la película se oyeron todo tipo de delirios que se referían a ella como un “poema filosófico”. Es cierto, eso es una tontería. Aunque luego el crítico tilde la película de “manual de autoayuda”. Todo ello no quita para que” El árbol de la vida” sea pura lírica.

La carrera de Malick, al fin y al cabo, ha sido un tira y afloja entre el continente y el contenido, un continuo aprendizaje narrativo que arrancó con su obra más aparentemente clásica (aunque moderna como un Godard o un Resnais), “Malas tierras” (1973), hasta llegar a la máxima estilización en el vaivén plástico que mecían las imágenes de “El nuevo mundo” (2005). Película, esta última, que sería el laboratorio de pruebas para realizar el ritmo central de “El árbol de la vida”, cuya conjunción de imágenes y sonidos (ya sean las voces en off o la extraordinaria banda sonora de Alexandre Despat) forman una continua deriva de objetos fílmicos flotantes. Es como si alguien hubiera desmembrado el canon argumental clásico en diferentes pistas de audio y vídeo y las hubiera reconstruido siguiendo una arbitrariedad.

Y es que el montaje de “El árbol de la vida” no bebe de ninguna realidad tangible, sino de los propios mecanismos del cine: el clásico y el moderno, puesto que Malick los hace chocar con una fiereza subyugante en la parte central de la cinta, donde retrata una tragedia en el hogar de una familia americana de los años cincuenta. Es una narrativa conformada a través de las brumas de los recuerdos (la voz en off imperante es la del joven de la casa, ya mayor, que rememora su infancia), de ahí esos huecos a rellenar, esas ausencias voluntarias que el dolor trata de ocultar. David Lynch lo hizo con los sueños y las fugas, Willam Faulkner lo hizo con los personajes mentalmente escindidos. Malick, por el contrario, se nutre de lo que narra: es la propia naturaleza de la vida la que ha hecho que esos recuerdos sean esquivos e incompletos, olvidados en el tiempo y el espacio.

La tragedia familiar sería el corazón de una película sobre la que pivotan los secretos de la existencia humana. Palabras mayores, de ahí que muchos no se lo vayan a perdonar nunca. Y es que el relato contenido en el epicentro del filme es un universo minúsculo que sirve para anclar el gran devenir humano en una película que arranca con la creación del mundo -en un flash-back que rivaliza en arco temporal con el de “2001: Una odisea en el espaci”o (1969)- y finaliza en un limbo más allá de la vida donde todas las almas parecen encontrarse. He ahí otra de las grandezas de esta película inagotable: Malick es capaz de dar forma al Big Bang (lo abstracto e incognoscible) a partir de imágenes del presente (lo cercano y tangible), creando una relación directa e insoslayable entre lo particular y lo general, entre lo divino y lo humano, entre la historia de la vida y la historia del cine. Media hora de abstracción elástica de imágenes cuyo valor ontológico trasciende en mucho al preciosismo de las mismas. Seguramente, de lo más importante que jamás haya filmado ningún cineasta.

La tercera y última parte de la película (la que más palos le han dado sus detractores) es, en conjunto, notablemente más endeble que lo visto anteriormente. Ya no sólo porque la idea de un fin del mundo conciliador parezca extraído del capítulo final de la funambulesca serie televisiva “Perdidos” (2004-2010), sino porque el tiempo que el cineasta dedica a ponerlo en imágenes resulta mucho menos condensado y creíble. Una imperfección que, como decíamos al principio del texto, probablemente hace que esta película nos guste aún más.

 

 

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2 responses

26 09 2011
Javier C.

Gran crítica, pero quería añadirte un pequeño matiz.

No está tan claro el asunto de que ese sitio se trate del Purgatorio, del Limbo, o del fin del mundo guay.

Sobre todo, por tres razones:

1- Sean Penn se ve a sí mismo de niño al entrar en él. Ese desdoblamiento sólo tiene pleno sentido con él como espectador, como alguien que entra y se observa desde fuera. Si hubiera muerto, ¿no debería ser uno y sólo uno?

2- Lo mismo ocurre con la madre. Al final, cuando una chica le recoge el pelo, hay otra niña pequeña a su lado. Esa niña pequeña es ella misma: es la misma niña que aparece al principio, junto a la voz en off, hablando de lso dos caminos que le indicaron las monjas. Se la ve con unas vacas, abrazada a su padre, y es Jessica Chastain de chiquitita. ¿Por qué aparece desdoblada en el mismo supuesto Purgatorio o Cielo?

3- En esa misma escena, ella mira abre las manos al Sol, y dice -se supone que a Dios-: “Te los doy. Te doy a mis hijos”. Si están todos muertos o en un Limbo, o en un límite… ¿cómo va a dar una finada finados a nadie?

Quizá sea la parte más chusca, pero tiene más que ver, sospecho, con la aceptación del fin. Con la muerte. Con cómo conciliarse con todos los recuerdos, con la vida entera del Ser (ahí es ná).

La última luz, la que cierra la peli, es la Vida, que se acaba. Al igual que se ha acabado al Tierra, absorbida por el Sol.

No obstante (y tanto mejor, como afirmas), es una parte floja y difusa en relación con el resto. Demasiada metáfora, y demasiado larga.

Pero eso hace que sea aún más fascinante.

Una auténtica pasada de película. Alucinante. Belleza pura.

1 10 2011
paradigmamejillon

Estoy contigo Javier. Una película fascinante y de gran belleza. Lástima que la gran mayoría del público no ‘la llegue a entender’.

Me alegra leer ‘tu matiz’, y también lo comparto. Muy bueno tu punto de vista.
Un saludo….y gracias.

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