El “Contagio” frío y preciso de Soderbergh

14 10 2011

 

 

La última película de Steven Soderbergh insiste en las claves de un cine cerebral. El autor de “Traffic” y de la saga “Ocean” fusiona estructura y contenido en un filme que indaga en el hipotético escenario de una pandemia vírica global

 

Una angustiosa carrera contra el tiempo para frenar una temida y desconocida epidemia global es la que plantea Steven Soderbergh en  “Contagio“, una película sobre la inquietante pesadilla de la propagación de un virus pandémico, protagonizada por una constelación de estrellas como Jude Law, Gwyneth Paltrow, Kate Winslet y Marion Cotillard, entre otros. Los personajes, que se van infectando a un  ritmo frenético, consiguen crear al mismo tiempo una enorme ansiedad en el espectador. “Contagio” repasa, uno a uno, todos los elementos reales de la reciente epidemia causada por el virus A H1N1 que sacudió el año pasado al planeta. El cineasta, quien en marzo anunció que se retiraba con las consiguientes reacciones contrarias del mundo  del cine, confesó desde Los Ángeles que se trata sólo de una “temporada de descanso” que se tomará tras los dos filmes que prepara y que fue una broma de su buen amigo Matt Damon, presente también en el filme.

Soderbergh ha hecho una película tan apasionante como antipática. Por un lado, la urgencia con que retrata la expansión de un virus parecido a la gripe asiática es contagiosa, puro nervio microbiano. Por otro, la desafección por el elemento humano –que demuestra al matar a una de las estrellas del reparto a los cinco minutos de metraje– puede provocar un cierto rechazo. Es el estilo de Soderbergh, frío como una cuchilla de afeitar: si su biografía del Che se reducía a una descripción detallada de sus estrategias de guerrilla, su singular aproximación al cine de catástrofes víricas se parece más a “Todos los hombres del presidente” que a “Estallido“. Es decir, “Contagio” está más interesada en los procedimientos científicos para combatir la enfermedad y los efectos de ésta en lo que entendemos por sociedad civilizada que en dramatizar el sufrimiento de las víctimas. El espectador carece de espejos en los que mirarse, obligado a identificarse, no con personajes, que existen casi como datos de un informe estadístico, sino con un concepto, el del fin del mundo tal y como lo conocemos.

Es admirable el modo en que   carga sus armas de destrucción masiva: el veloz montaje de planos detalle de una mano portadora de infección conteniendo una tos, cogiendo un cacahuete de un bol o tocando una tarjeta de crédito, nos hace conscientes de inmediato de la fragilidad de la vida humana en un mundo en el que estamos condenados a estar conectados. En pocos segundos Soderbergh sabe crear el ADN de una película de terror realista, casi documental, un thriller cerebral para tiempos paranoicos. De la pandilla de estrellas más o menos maltratadas por el virus, el peor parado es Law, que interpreta a un bloggero siempre dispuesto a echar más leña al fuego y que está al límite de la caricatura. Es un personaje necesario en la medida en que nos alerta de otro virus, el de las verdades a medias de internet, que también se extiende como la pólvora, pero su histriónica vehemencia, casi de villano de cómic, desentona con el rigor del conjunto.

 

 

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