“La voz dormida” que sale de las entrañas

21 10 2011

 

 

Hay cine que solamente se puede ver y hay cine que además de verse, se puede leer. Las palabras entonces, las ideas, los silencios, las miradas, los susurros, los lamentos, las alegrías, las frustraciones, la sensación asfixiante de pérdida, la victoria irreductible, la derrota irremediable y hasta las ilusiones arrebatadas corretean entre líneas por la pantalla como por sortilegio, con el único objetivo de hipnotizar, de envenenar al espectador. Hay un cine matemático, frío, perfecto si se quiere, que se puede medir, pesar, cuantificar; y otro en el que lo intangible, lo etéreo, el contexto que diría Sciascia, lo que no se ve a simple vista, alcanza un valor supremo.

La voz dormida“, película dirigida por Benito Zambrano y basada en el imprescindible libro de Dulce Chacón, pertenece a este segundo grupo, al de aquellas que te rodean, que te arrasan las entrañas; al grupo de las que aspiran a meterse en el espectador con la bendita intención de retorcerle los hígados, de recorrer sus venas, de clavarse en su corazón, de hacerlo latir más allá de lo que dicte la razón cinematográfica, si es que tal razón existe y tiene algo que decir cuando la luces de la sala de cualquier cine del mundo se apagan y el alma del espectador se abre en canal, se rinde de antemano ante lo que está por llegar.

Este es el cine que nos proponen “La voz dormida“, Dulce Chacón y Benito Zambrano. Un cine para ver y para ser leído entre líneas. Un cine de rostros inflamados, de miradas angustiosas, de palabras que no se dicen, de voces dormidas junto a la boca de los protagonistas.

Era día de visita. La mujer que iba a morir no sabía que iba a morir. Así termina el primer capítulo de “La voz dormida“, recuerda Zambrano. “Y es una trágica paradoja porque cuando yo conocí a Dulce en el hospital era día de visita y ella todavía no sabía que iba a morir“. De aquella conversación hospitalaria y de la pasión que el libro había despertado en el director de “Solas” nació esta película. Una película de autor que sigue, prácticamente al pie de la letra, lo que la autora del libro (fallecida en diciembre de 2003, no mucho después de aquél encuentro) quiso reflejar en él.

De la mano, Chacón y Zambrano, nos llevan al Madrid de la postguerra, al de los vencedores pero más aún al de los vencidos. Cárcel de mujeres de Ventas, ojos huidizos, lamentos al anochecer, miedo perpetuo en sus voces apagadas, la muerte resuena en las galerías, la saca no descansa, vidas herrumbrosas, arrasadas..

Como la de Hortensia, Tensi (extraordinaria Inma Cuesta), la miliciana embarazada que no sabe que va a morir. Como la de Pepita (extraordinaria María León), su hermana, que no está en la cárcel, que la visita semana tras semana, que no sabe nada de derechas e izquierdas, que son ya muchos los muertos a sus espaldas y sólo quiere vivir en paz con su amor imposible, y ver en la calle a su hermana y a su sobrina que todavía no ha nacido. Y como la de otras muchas que se vieron obligadas a guardar silencio, a reír para no llorar, a llorar para no gritar, con la voz anestesiada, siempre dormida.

Vida de mujeres en la madrileña cárcel de Ventas. Zambrano se mete en el piel de éstas, nos desgrana su dignidad y coraje; su humillación y su derrota. También su fervor por una causa que creían justa, el valor de la amistad, y sobretodo sus ganas de vivir, incluso en el umbral de la muerte… “Duerme, mi niña, duerme / La luna te mira, tu madre te quiere“, le canta Tensi a su hija poco antes de caer frente al pelotón de fusilamiento… “El día que yo te falte / y ya no pueda acunarte / tendrás dos ojos azules / y un corazón para amarte… Duerme, mi niña, duerme / La luna te mira, tu madre te quiere…”.

Vida de mujeres de la postguerra en los aledaños de la cárcel de Ventas. Existían otras cárceles, cárceles interiores, sin rejas ni candados. Vida de mujeres perdedoras, libres pero enjauladas. Con su sobrina en brazos, en la escena definitiva de la historia, Pepita se desploma ante lo inevitable; llora a la hermana aniquilada, al amor extraviado, al futuro entre brumas. Zambrano dibuja la película con honestidad, pensando en Dulce, siempre; lo hace con mano firme, con trazos gruesos y violentos; a los vencedores también los perfila a fuego porque nada en aquél entonces era ambiguo: las cosas claras, los vencedores exultantes y los perdedores masacrados.

Pero es de perdedores, no de vencedores, de lo que gusta hablar a Zambrano. Y le gustaba escribir a Dulce Chacón. Y es por eso que el libro se hizo cine. Y es por eso que las palabras deambulan por la pantalla mientras el alma del espectador se rinde, se abre en canal y las voces de las protagonistas permanecen aplastadas, irremediablemente dormidas.

 

 

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