Apocalipsis de cartón piedra

5 11 2011

 

 

El prólogo de “Melancolía” juega a representar los tópicos del Romanticismo. Es casi una síntesis paródica de lo que vendrá luego, disfrazada con la engolada vestimenta de un ejercicio de estilo de espíritu «kitsch». Con el «Tristán e Isolda» de Wagner como banda sonora, vemos desfilar una colección de viñetas que anticipan el fin del mundo, la rebelión de la melancolía contra una realidad que no se corresponde a lo que su exacerbado idealismo espera de ella. Para Lars Von Trier el prólogo funciona como un aviso para enfriar las expectativas del público: las dos horas siguientes no harán más que desarrollar esas imágenes, pero, en cierto modo, la película empieza y acaba ahí, un abrir y cerrar paréntesis que condena al cuerpo bicéfalo de “Melancolía” a una molesta, inútil literalidad.

La primera parte nos describe el fracaso de la boda de Justine (notable Kirsten Dunst), cuyo errático comportamiento responde a su incapacidad para adaptarse a las normas sociales de una burguesía a la que pertenece pero a la que no comprende. La segunda parte se detiene en la feroz depresión que ataca a Justine mientras el planeta Melancholia se prepara para chocar contra la Tierra. Si en la primera parte, Von Trier se limita a darnos su propia versión de «Festen», en la segunda se interesa por invertir los polos de la desesperación: la deprimida se enfrenta con serenidad al apocalipsis mientras que su hermana Claire (Charlotte Gainsbourg) entra en una espiral de histeria. El planeta se convierte en satélite y viceversa.

A la intensidad acostumbrada de los métodos de Von Trier, a la ambigüedad de los dilemas morales a los que se enfrentan sus personajes le corresponde, en “Melancolía“, un cansancio en el pulso narrativo, una pereza formal, inéditos en su obra. El conflicto de la película obedece a la literalidad de sus imágenes: todo es superficial en ella, no hay nada debajo de su corteza terrestre. Empapada del estado de ánimo de su título, la gran enseñanza de “Melancolía” es que los que no tienen nada que perder aceptan la llegada de la muerte. El problema es que el director no mueve ni un dedo para hacernos entender que ésa es la opción más lúcida ante el fin de las cosas.^

Por S. Sánchez en La Razón

 

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