Llega Polanski con “Un dios salvaje”

18 11 2011

 

 

Llevar una obra de teatro al cine es siempre un ejercicio complicado. Más aún si es una pieza tan conocida como “Un dios salvaje“. Pero Roman Polanski ha conseguido convertirse en malabarista para saldar con un sobresaliente el examen, con la ayuda de Kate Winslet, Jodie Foster, Christop Waltz y John C. Reilly.

Cuatro actores en estado de gracia que hacen suyos unos personajes tan simples y complejos como cualquier ser humano y en los que nada es blanco ni negro, si no todo lo contrario.

Dos parejas se reúnen para hablar de una pelea entre sus hijos, de tan sólo 11 años. Lo que en un principio parece una reunión de trámite, se convierte en un retorcido ejemplo de egoísmo, prepotencia y lucha de egos en la que los problemas infantiles pasan a un oscuro tercer plano.

Para ello, Polanski ha situado a los cuatro actores entre las cuatro paredes de un salón del que apenas salen en un par de escenas. Un espacio claustrofóbico que se ajusta como un guante a la evolución de la historia.

El director franco polaco ha elaborado un perfecto guión en colaboración con la autora de la obra teatral, Yasmina Reza, en el que cada frase y cada movimiento actoral está plenamente justificado y contribuye a aumentar la tensión dramática de la historia.

Con 60 de sus 78 años dedicado al cine y con películas a sus espaldas como “El pianista“, Óscar al mejor director en 2003; “Chinatown” (1974) o “La semilla del diablo” (1968), Polanski ofrece todo un ejercicio de elegancia y ajuste, en el que cada elemento fluye en la dirección adecuada.

Como ya hiciera con su filme anterior, para mi la muy notable, “El escritor“, la cadencia de los movimientos de cámara y el escenario físico de la historia comparten protagonismo con los actores.

Unos actores que se mimetizan con el limitado espacio en el que se mueven y que dan lo mejor de sí mismos para poner en pie una película difícil de clasificar y que en apenas una hora y cuarto ofrece mucho más cine que la mayoría de las grandes megaproducciones de Hollywood.

Winslet, Foster, Waltz y Reilly disfrutan de su trabajo y eso se nota en la pantalla. Y entre ellos, en contra de lo que ocurre con sus personajes, no existen egos que se entrecrucen e impidan el lucimiento ajeno.

Un reparto en el que todos brillan a gran altura, aunque es quizás el austríaco Waltz, Óscar al mejor secundario por “Malditos bastardos“, el que se pone, por muy poco, por encima de sus compañeros.

Hay ecos de la maravillosa obra maestra “El ángel exterminador” en esta comedia de vocación naturalista. Polanski está en su salsa, sabe que sólo en una situación de encierro los humanos sacan a la luz sus trapos sucios, sus instintos violentos, su rabia reprimida. Y sabe que, aprovechando ese espacio cerrado, puede poner a sus actores contra las cuerdas, ocupando las cuatro esquinas de un ring que favorece que la puesta en escena sea un ejercicio de geometría, con el metrónomo midiendo cada gesto, cada inflexión de voz. Metrónomo que marca el ritmo de las réplicas pero también del montaje, que transmite una urgente sensación de tiempo real al mesurar la agresiva dinámica de la relación entre los personajes.

 

 

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