“Misión Imposible: Protocolo Fantasma”, otra cara más de Cruise para la taquilla

17 12 2011

 

 

Cuatro es el número que planea sobre esta nueva entrega de “Misión Imposible“, pues es la cuarta vez que Tom Cruise se mete en los zapatos de Ethan Hunt y otras tantas son las películas en la carrera de Brad Bird, director que se estrena con actores reales y deja a un lado de momento la animación, justo lo que necesitaba el actor para restaurar su poder de atracción en la taquilla, que inauguró en 1983 con la exitosa “Risky Business“, que le aupó a ocupar el trono de los actores más sexys de Hollywood. En los 80, sobre todo, aunque en los 90 también, contar con él en el reparto era considerado como un aval recaudatorio. Y es que, a qué negarlo, la atracción que ejerce Cruise sobre el público es enorme: con él no existen los términos medios. Sus legiones de fans le adoran, y sus detractores vierten calumnias sobre él. Las historias románticas que protagonizó en la década de los ochenta dieron paso diez años después a papeles con mayor carga dramática que apuntalaron su posición de líder del cine en Estados Unidos, aunque la calidad de algunos de sus trabajos fuera bastante discutible.

Sin embargo Tom Cruise se ha preocupado de escoger a un cineasta que dejara huella en cada uno de los capítulos de la franquicia de “Mission Impossible“. Frente a la innegable inventiva de Brian de Palma, John Woo y J.J. Abrams, Brad Bird se enfrentaba, pues, a un doble reto: dar la talla ante tan ilustres precedentes y demostrar que tenía, lejos de probado genio en el mundo de la animación, un estilo propio en imagen real. La buena –y previsible– noticia es que lo tiene: atreverse a empezar la cuarta aventura de Ethan Hunt «in medias res», con el agente del FMI escapando de una prisión moscovita mientras busca el «tempo» de sus mamporros en una canción de Dean Martin, demuestra que su sello personal es ese sentido del humor, entre cómplice y dadaísta, que hizo de sus películas animadas («El gigante de hierro», «Los increíbles» y «Ratatouille») una trilogía que guardar en oro en paño.

Es cierto que Bird debe lidiar con la desventaja de haber llegado tarde a la serie, e incluso las mejores «set pieces» de su filme –la incursión en el Kremlin y, sobre todo, la larga secuencia en el Burj Khalifa de Dubai, el edificio más alto del mundo– son ampliaciones de un campo de batalla que Cruise había pisado en otras ocasiones. Poco importa, porque funcionan a pleno pulmón, demostrando que Hunt, junto a Bourne, es digno heredero de los héroes del cine de acción de los ochenta. Su cuerpo existe, rebota, trepa: es un cuerpo que desafía la verticalidad del mundo, cayendo a voluntad sobre los restos del naufragio. No es el títere predigital de De Palma, ni el ídolo romántico de Woo, ni el Correcaminos de Abrams: es el héroe que controla la ley de la gravedad sometiéndose a sus designios, la reencarnación de un Sísifo condenado por el relato a empezar desde cero.

 

 

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