“Oro negro”, objeto de deseo y riqueza

21 01 2012

 

 

Jean-Jacques Annaud ha paseado por lo más profundo del medievo (El nombre de la rosa), las cuevas más inhóspitas de la Prehistoria (En busca del fuego), la cara romántica de la Indochina francesa de los años treinta (El amante). El cineasta francés se ha perdido por las aristas del Himalaya en los tiempos en que China se anexionó Tíbet (Siete años en el Tíbet), por las ruinas de una Stalingrado sitiada en la II Guerra Mundial (Enemigo a las puertas) o entre los matojos en una isla de la Grecia ancestral (Su majestad Minor). A sus 68 años, Annaud estaba acostumbrado a rodar películas históricas, a ser él quien domara y moldeara la Historia a su antojo, hasta que un día llegó la Historia y le atropelló.

El 17 de enero de 2011, el director estaba filmando en Túnez. Un par de semanas antes había fallecido Mohammed Bouazizi, el joven que al quemarse a lo bonzo dio el pistoletazo de salida de la primavera árabe. Pero hasta ese lunes de enero, la producción de “Oro negro” había avanzado sin ser afectada por las protestas y las manifestaciones. Ese día Ben Ali, el presidente de Túnez, huyó del país. “En los últimos veinte años he estado muy interesado en el mundo árabe, y he viajado por él junto a mi familia. Y me he dado cuenta de que es una curiosa mezcla de religión, amor, grandiosos paisajes, gente y… esos eternos perfumes de la península arábiga. La presión del sistema estaba ahí, aumentando sobre su gente. En este tiempo me peguntaba por qué no hay películas sobre este mundo más allá de gente con cinturones explosivos o de soldados estadounidenses en Irak o Afganistán, sentí que había cierta injusticia. No me gusta ir adonde va la gente: tienes que buscarme en lugares alejados de los turistas. Cuando me llegó la propuesta del productor Tarak Ben Ammar de adaptar la novela Oro negro, entendí que ahí estaba la respuesta a mis intereses”, comentaba el director.

Oro negro” es un drama histórico que se desarrolla durante los años de los primeros descubrimientos de petróleo en Arabia, a inicios del siglo XX. Dos grandes tribus, lideradas por un emir (Antonio Banderas), que cree en exprimir ese oro negro, y un sultán (Mark Strong), que se niega a venderse a los extranjeros y apuesta por las tradiciones, se enfrentan por los terrenos y por sus familias: sus hijos (Freida Pinto y Tahar Rahim, el protagonista de El profeta) están enamorados. Es el nacimiento de las naciones árabes, el advenimiento del crudo como nuevo arma de poder, el final de los viejos rituales tribales. “Es cierto que no he hecho películas sobre el aquí y el ahora. Porque no me interesa sentar doctrina, porque creo en que puedo enseñar más si desplazo mis historias al pasado. ¿Te interesa una historia sobre los fanatismos, sobre el poder de la lectura? Probablemente no, pero de eso iba El nombre de la rosa, y la gente la vio. ¿Cómo puedo lograr que el público descubra que está pasando hoy en el mundo musulmán, que entienda las revueltas y los lamentos de sus habitantes? Con Oro negro, describiendo sus orígenes, porque aunque esta historia es ficción, cuenta cómo el siglo XX acabó con siglos de sus viejas tradiciones y surgió su mundo actual. Y sin tener que meter un mensaje o hacer cine social” sentencia Annaud.

 

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