“J. Edgar”, el líder del FBI visto por Eastwood

28 01 2012

 

 

Hay una secuencia en “J. Edgar” algo desconcertante en la que el protagonista, un más que solvente y maduro Leonardo DiCaprio, aparece travestido frente a un espejo. Puede que se trate, a primera vista, de una escena comprometida, simplificadora del contenido del film, pues desnuda quizá demasiado el subtexto. Pero Clint Eastwood se sirve de ella para anclar definitivamente el metraje de su película en el tema que pretende tratar. Esa secuencia representa la toma de conciencia de su protagonista acerca de la imagen real que tiene de sí mismo, más allá de la que intentó proyectar toda su vida de cara a la galería de la historia americana.  

J. Edgar Hoover fue un tipo duro. Durante casi cincuenta años (1924 -1972) fue el patrón del FBI, además de su fundador, y su cargo sobrevivió a los mandatos de ocho presidentes, algo que Eastwood explicita en su película con una secuencia recurrente a las puertas del Despacho Oval, haciendo hincapié en el inmenso poder que acumuló Hoover en EEUU, muestra inequívoca de lo cual, también narrados en el film, fueron los chantajes que realizó a los presidentes Roosevelt, con los escándalos amorosos de su esposa, o Kennedy, con sus propios líos de sábanas, guardados a buen recaudo en su archivo personal.
 
Hoover consiguió labrarse la imagen pública de típico un héroe americano. Convenció a la ciudadanía y a la prensa a través de comics de encargo y de aparecer oportunamente en la foto de que era una especie de superhombre que recorría las calles del país en busca de los malhechores más peligrosos de EEUU. Incluso vendió como suya la captura del criminal más buscado de América, John Dillinger, cuando en realidad apenas salió de su despacho. Ese es el mito. Un mito que el mismo Hoover construyó, creyéndose a la postre sus propias mentiras, las cuales narraba al final de sus días a los mecanógrafos que trascribían su adulterada biografía.
 
Sus dictados los utiliza Eastwood para estructurar la narración de su película y recorrer los más de cincuenta años que condensa la misma. Pero a la imagen cívica del líder del FBI, el director contrapone el reflejo que el espejo le devuelve de su traumática trayectoria vital, como hombre, lejos de fábulas. Hoover nunca se casó, aunque mantuvo una relación especial con su secretaria, la única además de él que tenía acceso a su archivo personal. Vivió siempre con su madre, cuya sombra le atormentaba tanto como su verdadera orientación sexual, nunca manifestada, pero latente en la relación que estableció con su mano derecha en el despacho, el atractivo abogado Clyde Tolson.
 
 
Eastwood destapa sin caer en el sensacionalismo, de manera nada burda, los fantasmas que torturaban a su protagonista en el plano de lo personal, al tiempo que eran proyectados en su vida pública como una de las raíces de su enloquecimiento, de su paranoia anticomunista y de su carácter casi fascista, lugares comunes cuando se analiza la personalidad de los líderes totalitarios. Hay en este sentido algo de manido en el guión que ha escrito Lance Black, especializado desde “Milk” (Gus Van Sant, 2008) en personajes de la historia americana que ocuparon el armario. Hay también en ciertas secuencias una tendencia peligrosa, salvada in extremis, al melodrama crepuscular.
 
“J. Edgar” es, en cierto sentido, el fracaso cinematográfico del año. Lo es porque esta película estaba concebida probablemente para obtener diez o doce nominaciones en unos Oscar que le han dado completamente la espalda. No suele ser partidario el pueblo americano de relatos desmitificadores ni de que se le recrimine su naturaleza castradora. Y al margen de los prejuicios de la Academia, y de los ya mencionados errores argumentales del film de Eastwood, hay que entender que cuesta encontrar a los actores y la verdad del relato bajo las innumerables capas de un maquillaje más propio de una fiesta de fin de curso que de una película como esta.
 
Pero, cuidado, a pesar de todo Eastwood sale victorioso en la confección narrativa del biopic de un hombre tan contradictorio y moralmente perturbado como la sociedad que ha protagonizado la propia historia reciente americana, la misma que el realizador californiano ha analizado de manera ejemplar desde “Escalofrío en la noche” (1971) hasta “Más allá de la vida” (2010).
 

 
 
 
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Glenn Close: “‘Albert Nobbs’ es una historia de supervivencia”

28 01 2012

 

 

La actriz estadounidense Glenn Close, última galardonada con el premio Donostia del Zinemaldia 2011 en el pasado Festival de Cine Internacional de San Sebastián a toda una carrera, reconoció en septiembre tras su paso por dicho festival, que le ha gustado trabajar de nuevo a las órdenes del director colombiano Rodrígo García y ha calificado la película “Albert Nobbs” de “historia de supervivencia“. Asimismo, afirmaba que sería “maravilloso” que le nominaran a los Oscar por su interpretación, hecho que se ha consumado.

Close que presentó la película en ese momento indicó también que ya interpretó hace 20 años el mismo papel en el teatro.

Ésta es una historia de supervivencia de gente diferente, de gente sola y hay mucha gente que vive así en el mundo, por eso he querido hacerla“, manifestó, y añadió que Rodrígo García “siempre propone buenos papeles a las mujeres“.

La última película de Rodrigo García, “Albert Nobbs“, esta ambientada en la Irlanda del siglo XIX, donde Close interpreta a una mujer que para conseguir un trabajo en un hotel se disfraza de hombre.

 





“Arrugas”, humor, Alzheimer y vejez

28 01 2012

 

 

Por fin llega a los cine “Arrugas“, película de animación basada en la obra homónima de Paco Roca, por el que el dibujante valenciano obtuvo el Premio Nacional de Cómic en 2008 y que opta a dos Goya, a la mejor Película de Animación y al Guión Adaptado.

Las imágenes en movimiento a partir de las viñetas de Paco Roca van acompañadas en la pantalla de música y voces de sus protagonistas, pero también de sorbimiento de mocos y otros sonidos inequívocos de las lágrimas del público en la sala. La historia de Emilio, un anciano con Alzheimer que ingresa en una residencia “no pretende hacer llorar de forma facilona“, explica Ignacio Ferreras, director de la película. “Lo único que queremos es que a la gente le llegue esto que contamos“.

Tanto Ferreras como Roca inciden en que “Arrugas” pretende volver los focos hacia una parte (cada vez mayor) de la sociedad (cada vez más) olvidada. “A veces, cuando la figura del anciano en el cine se presenta como un ‘joven arrugado’, genial y juvenil, para que sea aceptable. No hay esa imagen de lo que finalmente será un tercio de tu vida“, apunta el primero. “Ahí veo un problema: Si una sociedad no quiere hablar de un tercio de la vida, algo no funciona“.

Hay infinidad de películas sobre la juventud y la adolescencia, pero muy pocas en las que los mayores sean los protagonistas“, abunda el autor del cómic. “He trabajado en publicidad y allí los ancianos son casi un tema tabú; existe una verdadera fobia hacia ellos“.

Para Roca, ni la película ni el cómic suponen una crítica directa a las residencias de ancianos. “Bueno“, se le escapa a Ferreras. “Por una parte era muy importante mostrar que la residencia no era un lugar lúgubre y que todos salen haciendo muy bien su trabajo. Pero, por otra parte, mi opinión personal es que hay un problema cultural y que todos los ‘avances’ en la calidad de vida de nuestra sociedad esconden en realidad un retroceso terrible. Que nadie piense que el problema de la vejez está solucionado“.

El director de la película y el autor del cómic coinciden en la necesidad de que cómic y animación estén más relacionados, tal y como sucede en Japón. “Sería bueno que hubiese más conexión entre ambos mundos“, apunta el primero, “porque los dibujantes de cómics corren riesgos que un productor de animación no correría. Por ejemplo, hacer una película sobre ancianos. Pero, claro, si detrás hay un Premio Nacional de Cómic y el aplauso del público, todo cambia“.

Roca habla de lo “bonito” que es ver cómo las viñetas cobran movimiento tras pasar por la mano de los animadores. “Es curioso, porque cuando estoy dibujando, me imagino las escenas en movimiento. Es algo muy abstracto que no sabría cómo definir. Lo único que puedo decir es que los personajes se mueven en esta película como se tendrían que mover“.