“Tenemos que hablar de Kevin”, la violencia de un niño

16 03 2012

La maternidad como una condena a cadena perpetua. Peor, la maternidad como cigoto del mal. Ese es el modo en que Lionel Shriver se acercaba a los mitos del incondicional amor de madre en “Tenemos que hablar de Kevin” una excelente novela.

Tilda Swinton ejerce aquí como una imperfecta, confusa y angustiada madre. “Ser padre es escribir una larga carta que nunca envías”, afirmaba, tan rotunda en la presentación de la cinta en el pasado Festival de Cannes. No por casualidad la novela de Lionel Shriver en que se basa es epistolar, aunque las cartas de una madre que quiere entender por qué su hijo ha cometido una masacre en su instituto se pierden en el correo, nadie puede recibirlas. El director Lynne Ramsey ha prescindido de ese torrencial monólogo interior para que las imágenes, y sólo las imágenes, sean el útero donde la culpa se alimenta hasta que llega la hora del parto, o de gestionar el duelo no por los muertos, sino por no haber sabido querer. Ése es el problema de esta, por otra parte, notable adaptación: que la ambigüedad de la novela, que nunca aclaraba si la maldad de Kevin (Ezra Miller) es fruto de una educación permisiva, de una maternidad incapaz o de una reencarnación diabólica, desaparece casi por completo. En la película Kevin es, simplemente, un monstruo.

Parece que Ramsay sabe de lo que habla: “Mi madre y mi hermano tenían un relación complicada. No importaba lo mal que mi hermano la tratara: ella siempre buscaba su afecto“. Por eso el rojo se transforma en el «leitmotiv» visual de los primeros minutos de la película, “porque la violencia de Kevin es la violencia del mundo“. El rojo que late por detrás de la tristeza, el rojo que se desenfoca y estalla. Es un arranque abstracto, que define el tono estrictamente emocional de una película que, más que proyectarse, se derrama. “Tener una familia puede ser un asunto de lo más violento“, admitió Swinton. “Para una madre la sensación de soledad y aislamiento puede ser muy intensa. La idea de dar a luz a un ser humano que encarne esa violencia es terrorífica“.

Los mejores momentos de “Tenemos que hablar de Kevin” son los que describen el perverso vínculo entre una madre y un hijo: cuando Kevin encubre a Eva, que le ha roto un brazo sin querer, se establece una inquietante relación de vasallaje que subvierte la ley natural de los lazos de sangre. Y es en esa subversión donde dormita la parte más ominosa y perturbadora de una película que Swinton controla con guante de seda y mano de hierro.

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