17 06 2012

Una vida con Batman”

(Michael E. Uslan)

 

Michael E. Uslan es uno de los máximos responsables del éxito cinematográfico de Batman. Fan de los cómics desde muy pequeño, el productor tardó una década en llevar a la gran pantalla las aventuras del personaje. Desde 1989, cuando Tim Burton dirigió la primera adaptación moderna del enmascarado, Uslan ha estado detrás de todas las películas de la franquicia. El libro de memorias “Una vida con Batman” descubre su particular pasión por el Hombre Murciélago.

Los directores Tim Burton y Christopher Nolan pasarán a la historia por ser los responsables de las versiones cinematográficas más oscuras de Batman. Sin embargo, nada hubiera sido lo mismo sin la dedicación de Michael E. Uslan, un hombre que se ha encargado de producir todas las versiones para la gran pantalla del héroe enmascarado desde que Burton dirigiera su primer acercamiento al personaje en 1989. Su pasión por el Hombre Murciélago se recoge en el libro “Una vida con Batman”, las memorias de su pasión por el héroe enmascarado.

Adiós al pop

Uslan es el ejemplo vivo del denominado sueño americano. Fanático de los tebeos desde muy pequeño, este licenciado en Historia y Derecho siempre soñó con dedicarse al mundo de las viñetas. Su pasión llegó a tal extremo que es el máximo responsable de la introducción del cómic en las universidades norteamericanas.

A finales de los 70, Uslan decidió llevar al cine las aventuras de Batman. Este fan del Hombre Murciélago quería desterrar la visión pop e infantil de la serie de televisión y la película que triunfaron en los 70 para conseguir que el héroe enmascarado tuviera una adaptación a la pantalla más oscura y acorde a los primeros cómics de Bob Kane, uno de los creadores del personaje.

Casi una década le costó convencer a los directivos de la viabilidad del proyecto. No obstante, su esfuerzo tuvo recompensa: Batman es una de las franquicias cinematográficas más rentables de todos los tiempos.

Directores para un héroe

Antes que Burton se hiciera con las riendas de personaje de la editorial DC, varios fueron los directores que se barajaron para el proyecto. En un principio, como nos cuenta Uslan en su libro, se pensó en Guy Hamilton, un realizador que se hizo famoso por firmar cintas de James Bond como “Goldfinger” o “Diamantes para la eternidad”.

Después se barajó también el nombre de Richard Rush, responsable de “De profesión: especialista” o “Una extraña pareja de polis”, y se propuso el nombre de Joe Dante, que ya había trabajado con Uslan en “Piraña”.

Sin embargo, no fue hasta 1986, cuando el productor decidió que Tim Burton iba a ser el director ideal para la nueva versión del personaje en la gran pantalla. Uslan vio “La gran aventura de Pee Wee” y quedó encantado.

A partir de ese momento, el directivo se reunió con el cineasta para enseñarle los cómics que quería que sirvieran como inspiración a la película.

La idea de escoger a Jack Nicholson como el Joker de Batman (1989) corresponde también al productor estadounidense. En 1980, Uslan leía el periódico New York Post cuando se fijó en la cara del famoso actor en el cartel de “El resplandor”.

El experto en cómics arrancó la hoja del periódico. Después utilizó corrector blanco para aclararle la cara, un rotulador negro para dibujar el pelo y otro rojo para resaltar los labios. Ante él apareció el perfecto Joker.

Unos años más tarde, Uslan no pudo reprimir su alegría cuando le comunicaron que el intérprete encarnaría al mítico enemigo de Batman. El productor, sin embargo, no parecía demasiado satisfecho con la propuesta que Burton le hizo para interpretar al héroe enmascarado. Michael Keaton era entonces un actor famoso por sus papeles cómicos, algo bajito para el papel y sin una musculatura demasiado pronunciada.

El director de “Eduardo Manostijeras” persuadió a Uslan mostrándole el estupendo trabajo dramático del intérprete norteamericano en la película “Alcohol y coca”, asegurándole que podría disimular la baja estatura con una peculiar forma de filmar y convenciéndole que el traje de Batman compensaría la falta de bíceps de la estrella.

Nolan, el realista

En “Una vida con Batman”, Uslan no se olvida de mencionar a Christopher Nolan como el gran director de la franquicia. El productor alaba la visión realista del personaje que aporta el cineasta británico.

Ese empeño por ser lo más verosímil posible se refleja, según el responsable de la serie de películas, en la elección de Washington como uno de los decorados de Gotham City o el retrato psicológico del Joker que encarnara Heath Ledger, que ya no es el payaso homicida que interpretara Nicholson, sino un terrorista en un mundo de pesadilla.





23 10 2011

 

 

Sesión sangrienta”

 Jason Zinoman

(Ed. T&B)

 

 

 

¿Qué pasó para que en poco más de una década el terror saltara de películas de segunda categoría con actores como los decadentes Vincent Price o Boris Karloff a que los grandes estudios estuvieran produciendo filmes con casquería varia y asesinos en serie como protagonistas? Pues que eclosionó el Nuevo Terror, con cabezas visibles como John Carpenter, Wes Craven, Tobe Hooper o un infravalorado Dan O’Bannon. Que gente como George Romero o Dario Argento coincidieran en sus películas de bajo presupuesto y que artistas como Roman Polanski o William Friedkin llegaran a Hollywood. Que se relajaran las calificaciones otorgadas a las películas. Y que Estados Unidos viviera diversos y brutales hechos políticos (muerte de Luther King, guerra de Vietnam, el Watergate) y confusos tiempos sociales. A ese Nuevo Terror, que acabó devorado por su éxito a inicios de los ochenta, Jason Zinoman, crítico teatral en The New York Times y amante de pasar miedo en el cine, le ha dedicado un libro, “Sesión sangrienta”, que fue un fenómeno en EE UU y que a finales de este mes T&B publica en España.

Zinoman usa el esquema que tan hábilmente manejó Peter Biskind en “Moteros tranquilos, toros salvajes”. Ha hablado con los protagonistas, recreado sus charlas, encuentros y rupturas (aunque no sea tan cotilla como Biskind), ha buceado en las hemerotecas y ha logrado un libro muy ameno.

Ese Nuevo Terror, a pesar de nombres ilustres como los ya mencionados Craven, Hooper, Romero o Carpenter, no nace de esfuerzos artísticos de individuos aislados, sino de la colaboración de innumerables técnicos y actores, que en muchos casos intercambiaban sus roles. Con el tiempo, los más listos se agarraron a la noción europea de auteur para prosperar en la industria cinematográfica, pero, por ejemplo La noche de los muertos vivientes es un rodaje en comuna en el que acaba poniéndose detrás de la cámara Romero, aunque tengan igual importancia los actores, técnicos y guionistas, todos amigos con ganas de hacer una película.

Más aún, casi ninguno volverá a tener la misma repercusión en las siguientes décadas, excepto Craven, adelantado a su tiempo. Muchos de ellos tampoco son grandes amantes de la casquería, y menos aún del torture porn, imperante en la actualidad con sagas como “Saw”: al final del libro Craven cuenta cómo en un pase en un festival en España se sale en la secuencia del rebanamiento de oreja de “Reservoir Dogs”, asqueado porque ese acto se realice con esa música, y a su lado un tipo exclama en alto: “No me lo puedo creer, he asustado a Wes Craven“. Era Quentin Tarantino. Y el libro no lo dice, pero ese certamen fue el de Sitges.

El mal existe y no podemos hacer nada. Cultiva el terror al propio terror, el terror a que el terror te conduzca a la locura“, defiende Zinoman. Asustarse tiene algo de irresistible, ese placer que tienen los niños de regocijarse en sus pesadillas, y que quieren volver a experimentar los espectadores en las salas.

A lo largo de “Sesión sangrienta” vemos cómo Polanski deja a esa generación con la boca abierta con “La semilla del diablo” en 1968. O cómo el rodaje de “La matanza de Texas”, de Tobe Hooper, en pleno y tórrido agosto, tuvo mucho que ver con la atmósfera pestilente de la película; cómo los italianos Mario Bava y Dario Argento eran primos hermanos de ese Nuevo Terror; cómo sin querer “La noche de los muertos vivientes” esparce un mensaje social al tener un protagonista negro. Y finalmente, cómo toda esa espontaneidad nacida de la inocencia y esa libertad son deglutidas con su triunfo en taquilla y Hollywood exprime el género. Se habla de “El exorcista”, de Kubrick, de “Tiburón”, de las influencias de dramaturgos como Albee y Pinter o de H. P. Lovecraft, de cómo el FBI se apoyó en ellos para expandir el concepto del asesino en serie…

Hoy, como dice el autor, “al público no le importan las víctimas y por ello al director le resulta más difícil manipular las reacciones de los espectadores“. De ahí los caminos nuevos del miedo basados en películas encontradas (“El proyecto de la bruja de Blair”) o el tirón del cine asiático. “El gran reto del terror es: ¿cómo asustar a los adultos para que vuelvan a sentirse niños“.

 





28 08 2011

 

 

Bogart”

Stefan Kanfer

(Ed. Lumen)

 

 

Más de medio siglo después de su muerte, cuando sólo tenía 57 años, Humphrey Bogart sigue muy vivo. Pocas estrellas del Hollywood de oro conservan la vigencia del hombre que llegó tarde a la gloria, tenía 42 años cuando hizo “Casablanca” y se fue demasiado pronto tras un calvario. Marcó un estilo, impuso una personalidad y fue inimitable. No era guapo, no era alto, no era simpático. Sus mejores interpretaciones lo muestran huraño, cascarrabias o melancólico. La comedia no era lo suyo. Tuvo una vida sentimental complicada hasta que se enamoró de la jovencita Lauren Bacall.

Era mucho mejor actor de lo que decían sus enemigos y un buen tiempo según casi todos, a pesar del triste episodio de la caza de brujas en la que Bogart se la envainó tras comandar una admirable cruzada a favor de las víctimas. Era el héroe americano más complejo, leal, sentimental y que iba de duro para que su romanticismo no le debilitara. Un tipo que se curtió haciendo de malo hasta que le llegó la oportunidad de redimirse en “El bosque petrificado” y “El último refugio“. Una vida de película sobre la que se ha escrito mucho y que vuelve a las pantallas de papel gracias a la biografía de Stefan Kanfer. No es una obra que aporte grandes revelaciones pero sí es un buen recordatorio de una figura que se niega a apolillarse.

Las universidades le dedican ciclos, sus mejores películas siguen programándose con frecuencia en las cadenas de TV. Incluso tiene un sello. El American Film Institute le nombró la estrella masculina más grande de la pantalla y Entertainment Weekly lo nombró la leyenda del cine más importante de todos los tiempos. Jean-Luc Godard y Woody Allen le rindieron pleitesía. Belmondo y Aznavour le copiaron en algunos de sus papeles más emblemáticos. Y su rostro es usado en bares de medio mundo como objeto de decoración / adoración.

 

Una isla en Hollywood

A Bogart era normal verle con cigarrillo en una mano y un vaso de whisky en la otra. Llevaba pajarita y corbata corta con una clase insuperable y el sombrero de fieltro le sentaba de maravillas. Sonreía de medio lado para meter miedo o enseñaba los dientes para ponerte sobre su aviso sobre su impaciencia con las tonterías. En el mundo de mentira y traición de Hollywood, Bogart era un islote, alguien de palabra, un profesional como la copa de un pino. Sin alardes, con un talento natural impermeable a la afectación. La crítica francesa le quiso etiquetar como un existencialista, otros le calificaron de estoico anacrónico, hubo quien lo definió como un sarcástico con ribetes cínicos. Y Kate Hepburn comentó que no era un hombre de “quizás“. Con él era “sí o no“. Izquierdista y disidente… a su manera.

 

 

Procedente de la clase alta

La biografía de Kanfer evoca los orígenes de Bogart en la clase alta de Nueva York, hijo de un reputado médico y una conocida ilustradora. Nació en 1899 y creció en el Upper West Side de Manhattan, nada menos. Los antepasados de Bogart se parecían más a los personajes de “Historias de Filadelfia” que a los que interpretaría él con una pistola en la mano. El Bogey adolescente era un rebelde sin causa (lo expulsaron de un centro elitista sin contemplaciones) y su paso por la marina se saldó con una cicatriz que se haría mítica, seguramente por una pelea poco patriótica. Como aspirante a actor se arrastró por los escenarios de Broadway en papeles mojados por la frustración.

Su desembarco en Hollywood no fue tampoco un paseo. En sus primeras 45 películas fue ahorcado, electrocutado, condenado a cadena perpetua, acribillado a balazos. Llegar vivo al final de una película era un milagro. Y cuando todo parecía perdido, las casualidades se pusieron de su parte: tras llamar la atención en “El bosque petrificado“, el entonces de moda George Raft dijo no a “El último refugio” y Bogart lo aprovechó. Luego llegó “El halcón maltés” (el verborreico final sirve a Kanfer para demostrar la técnica depurada del actor, en contra de lo que contaban algunas lenguas viperinas) y su escalada a la cumbre con títulos clásicos: “Casablanca” con su caótico rodaje, Tener y no tener“, donde conoció a Lauren Bacall, “El sueño eterno” (o cómo asociar a Philip Marlowe a su nombre para siempre) y “El tesoro de Sierra Madre“, donde amplió sus registros de forma notable.

Sin Bogart, “Casablanca“, no sería lo mismo. Como bien apunta Kanfer, ningún otro actor podría haber hecho tan creíble el papel de Rick Blaine, sin patria, misántropo, bebedor habitual, y, en última instancia, el más abnegado héroe romántico de Hollywood. Un artista maduro se convertía en el tipo de hombre que, en muchos aspectos, todo estadounidense anhelaba ser. Capaz de sacrificarse por la mujer amada. Cuando Bogart empezó el rodaje a las órdenes de Michael Curtiz el 25 de mayo de 1942, era una estrella menor. Cuando lo terminó, el 1 de agosto, se había convertido en el actor del cine americano más importante de su tiempo. En 1946 ganó 467.000 dólares, convirtiéndose en el actor mejor pagado del mundo.

Kanfer avanza a paso ligero por la vida y obra de Bogart, muestra su evolución como intérprete, su lento declinar, sus errores y sus aciertos. Muy interesante la parte dedicada a “En un lugar solitario“, la obra maestra de Nicholas Ray que era una despiadada radiografía del amor roto entre el director y su mujer, la actriz Gloria Grahame, pero también del propio Bogart. La parte final del libro, dedicada a la lucha de Bogart contra un cáncer de esófago en el último año de su vida, encoge el corazón y contiene momentos tan escalofriantes como ese almuerzo en el que se escuchaba el ruido de los alimentos al caer directamente al estómago del actor.

 

 

Actor insustituible

Murió en 1957 a los 57 años. En su funeral, su amigo John Huston dijo que estaba dotado con el don más grande que un hombre puede tener: talento. “No tenemos ninguna razón para sentir pena por él, sólo por nosotros mismos por haberlo perdido. Es insustituible“.
La historia no acaba con su prematura muerte. Kanfer añade unas páginas finales muy interesantes en las que aborda el imparable desarrollo de la leyenda de Bogart, un un hombre que era algo más que un actor: era un estilo, y un estilo que en el Hollywood actual no tendría futuro. No era un ser perfecto, pero nunca habrá otro como él.