23 01 2012

 
 

Saura y Querejeta viajan juntos al planeta Picasso

 

El director y el productor firmarán al alimón un filme sobre el proceso de preparación del ‘Guernica’ en París

 

Todo ocurrió en el viejo atelier del número 7 de la rue des Grands Augustins, a dos palmos del Sena y tan lejos de una España temblorosa que ya rumiaba la masacre mutua. Todo ocurrió en 33 días. Los que el genio universal (no tan universal: en su propio país aún se le miraba con escepticismo) tardó en ejecutar el Guernica, una de las obras capitales de la Historia del arte, aunque ni él ni nadie lo supiera entonces. Pablo Picasso había recibido con cierta renuencia el encargo que una delegación del Gobierno de la República, integrada por Max Aub, Juan Larrea y José Bergamín, le había hecho en enero del 37 en su residencia parisiense de la rue de la Boëtie: un gran mural para decorar una de las entradas al Pabellón Español de la Exposición Internacional de París. Pero el bombardeo indiscriminado de la Legión Cóndor sobre la población civil de la villa de Gernika el 26 de abril de aquel año le hizo cambiar de opinión. Picasso se puso a pintar de forma frenética. Y su amante Dora Maar se puso a documentar fotográficamente el proceso.

Esta es la historia -la historia de un cuadro, aunque también la de los líos sentimentales de un genio y sus mujeres- que contará 33 días, la película que dirigirá Carlos Saura sobre una idea original del productor Elías Querejeta y en la que, con toda probabilidad, el actor francoespañol José García pondrá rostro y voz al pintor malagueño.

El rodaje tendrá lugar a partir de junio entre París y Gernika; en una nave industrial de la localidad vizcaína será reconstruido, centímetro a centímetro, el estudio que Pablo Picasso utilizó en el palacete situado en la confluencia de la rue des Grands Augustins y del Quai des Grands Augustins de París, justo donde se encontraba -y se encuentra- Lapérouse, uno de los restaurantes más célebres y caros de la ciudad. Picasso alquiló sin pensárselo el estudio que había localizado Dora Maar, y lo hizo fascinado por dos cosas: una, el propio espacio de techos altos y luz insultante, y dos, la historia del lugar. Y es que antes de él, allí había vivido el gran actor de teatro francés Jean-Louis Barrault, allí había acuartelado el escritor surrealista Georges Bataille al movimiento izquierdista Contre-attaque… y allí había situado Balzac la acción de su libro Chef- d’oeuvre inconnue (La obra maestra desconocida).

33 días es una historia fascinante para un reencuentro histórico en el cine español: Querejeta y Saura no se daban la mano en un proyecto desde que rodaron juntos la película Dulces horas, hace ya 30 años. Antes de eso, el tándem llevó a las pantallas películas esenciales de la cinematografía española como La caza (su primera colaboración), Cría cuervos, Mamá cumple cien años o Deprisa, deprisa.

Los dos están inmersos ahora mismo en un mar de discusiones (“Es que Elías insiste siempre en discutir, aunque yo esta película la verdad es que la tengo muy clara en mi cabeza”, cuenta entre risas Carlos Saura) en torno al guion, que corre a cargo del propio director sobre una vieja idea que Querejeta ha tenido en la cabeza durante largos años. “¡Joder, parece que estamos otra vez haciendo La caza!”, suelta en un bar del centro de Madrid Elías Querejeta, que no figurará como productor de la película debido al proceso judicial en el que se halla inmerso tras el cierre de su oficina, Elías Querejeta Producciones Cinematográficas.

33 días será una historia sobre el Guernica pero será ante todo una loca historia de amor, unas locas historias de amor: las que Picasso compartió con su joven esposa Marie-Thérèse Walter (madre de Maya Picasso) y con su fiel amante, la fotógrafa Dora Maar, autora de aquella frase definitiva: “Después de Picasso, solo Dios”. La primera visitaba al pintor en su estudio por las mañanas. La segunda lo hacía por las tardes. Hasta que un día, un error de agendas y horarios propició un encuentro inesperado y… ahí alcanza su cénit el guion de esta película.

“Dora Maar fotografió todo el proceso de creación del Guernica, que unos dicen que fue de 33 días y otros, de 35, pero yo creo que es más riguroso lo de 33”, explica Elías Querejeta, quien puso en marcha este viejo proyecto hace algo más de un año. La película será una coproducción entre España, Francia, Canadá y, casi con toda seguridad, China.

“Quiero recrear alrededor del Guernica el mundo personal de Picasso, cómo el hecho de pintar este cuadro fue casi una salvación para él en un momento de crisis personal, y sobre todo quiero retratar su relación con Dora Maar, un personaje fascinante que me ha interesado toda la vida”, cuenta Saura, quien admite su obsesión por el tema: “Llevo desde octubre documentándome sin parar, rodeado de libros por todas partes… la verdad es que estoy casi saturado de Picasso, un personaje al que adoro, como le ocurría a mi hermano Antonio”.

Y en un momento en el que el director del Prado, Miguel Zugaza, acaba de reabrir el debate sobre una posible entrada de la obra de Picasso en el museo, Querejeta y Saura, metidos ahora hasta el pescuezo en la vida y la obra del artista, quieren opinar al respecto: “Me parece estupendo, Picasso tendría que estar en El Prado, compartiendo un mismo espacio con Goya y Velázquez”, señala Querejeta. “La verdad es que estaría bien, porque es lo que él deseaba, aunque también está bien donde está”, zanja Saura.

Un reencuentro

Saura y Querejeta son coautores de títulos claves del cine español. Aquí están los principales:

La caza (1965)

Peppermint Frappé (1967)

Ana y los lobos (1972)

Cría cuervos (1975)

Elisa, vida mía (1977)

Mamá cumple cien años (1979)

Deprisa, deprisa (1980)

 





27 12 2011

 

 

Navidades adult(erad)as

El mejor cine familiar apuesta por las fábulas subversivas

 

 

Hay lugar para los milagros en el cine que llega estas fechas a las salas españolas. No sólo por el rescate de Frank Capra que emprende Kaurismäki, también por las insólitas y extraordinarias aportaciones de “Rare Exports”, “Arthur Christmas” y “El Cascanueces 3D” al tradicional cine de temática navideña.

La Navidad se ha hecho adulta. O quizá se ha adulterado. Bajo el peso de tiempos asfixiantes y deprimentes (melancólicos, según Von Trier), parece sin embargo más pertinente que nunca creer en los milagros. O en algo parecido a ellos. Es verdad que ya quedó lejos la aparente candidez de Frank Capra, pero hay que recordar que su indeleble “Qué bello es vivir” (1946) no fue solo un villancico cinematográfico, sino una airada y tardía respuesta al New Deal, en la que todo un pueblo unía sus fuerzas contra el poder de un banquero. Inevitablemente, su vigencia se fortalecerá este año en las franjas televisivas de la Nochebuena. Pero el cuento más ‘capriano’ de cuantos llegan en estas fechas a las salas de cine será el último filme de Aki Kaurismäki. En “El Havre”, probablemente su más hermosa y compasiva declaración de confianza en el ser humano, la actriz-fetiche Kati Outinen dice que “los milagros nunca le ocurren a los pobres” sólo para que la película (y Kaurismäki y el espectador y el mundo) se empeñe en corregirla. Es la pulsión de los tiempos.

Todos los milagros, en verdad, tienen su reverso. Con el misterio que sugiere un paquete de regalo y un vestido amarillo, Kaurismäki apela a la fe de la audiencia, que al final del cuento podrá creer o no en su asombroso desenlace. Y es que, decíamos, la Navidad se ha hecho adulta y muestra signos de escepticismo. Incluso de crueldad. Así lo ve otro finlandés, el debutante Jalmari Helander, quien entrega la pieza más canalla, desatada y descreída de las fiestas navideñas. “Rare Exports, un cuento gamberro de Navidad” es una delirante fábula que reinterpreta la leyenda de Papa Noel en clave sangrienta. Pero no por ello deja de ser una de las películas más endiabladamente divertidas, enérgicas y festivas del año. La Navidad no es aquí una excusa para hacer una película, sino su origen político. “Rare Exports” adopta el brillo estético de Disney precisamente para subvertir su contenido y darle la vuelta a la emoción infantil. Aquí, de hecho, es imposible no creer en Santa Claus: aunque permanecía encerrado en un escondite arqueológico mantenido en secreto por una gran corporación (de nuevo, los oscuros intereses empresariales), despierta para secuestrar a los niños con la ayuda de su ejército de elfos. La fábula hipertrofiada da paso a un cuento macabro disfrazado de comedia terrorífica.

Evidentemente, la deconstrucción y actualización del mito de Santa Claus emerge como uno de los grandes desafíos para este tipo de propuestas, capaces de apelar al mismo tiempo a la magia y al desencanto navideños. Este año, “Arthur Christmas: Operación regalo” ha venido a demostrar que no toda pieza navideña debe arrastrar su oportunismo con buenos sentimientos, o que deba renegar del espíritu edulcorado de las fiestas con indolente cinismo. Dirigida por Sarah Smith y co-escrita con Peter Baynham (¡el guionista de las excentricidades de Sacha Baron Cohen!), esta película de animación se ha cocinado en el estudio de Wallace y Gromit, un dato que ya debería advertirnos de su ánimo satírico. De hecho, su memorable Abuelo Santa colisiona sin ambages con el imaginario de lo políticamente correcto. La historia imagina una vez más qué transcurre en las bambalinas de su taller durante la noche del 14 de diciembre: ¿cómo logra distribuir los regalos a todos los niños del mundo en una sola noche? La descripción de la sala de operaciones equipada con tecnología del siglo XXI, en espectaculares secuencias 3D con excelentes gags visuales, imponen un ritmo frenético y una imaginación desbordante. La astucia emocional de la película la convierte en una de las propuestas más sorprendentes en este fin de año: funciona como un entrañable elogio navideño (que encandilará a los niños), pero también como un entretenimiento para adultos que rechaza todo asomo de complacencia.

 

 

Pero el verdadero lobo con piel de cordero de estas fiestas es probablemente “El Cascanueces 3D”, de Andrei Konchalovsky, uno de esos cineastas que, para bien o para mal, nunca dejan de sorprender. El veterano director ruso transforma este clásico navideño, situado en la Viena de los años veinte, en torno a la muñeca mágica que el tío Albert (Nathan Lane) regala a su sobrina Mary (Elle Fanning), en una propuesta que se desvía por completo de su apariencia edulcorada. El viaje a otra dimensión -convertido en un recurso típico del cine 3D: “Avatar”, “Tron Legacy”, “Alicia en el país…” -, donde los juguetes asumen formas humanas y todo aparenta ser diez veces más grande, toma por momentos un grave contenido histórico. Bajo las formas de un musical y de una película de aventuras, Konchalovsky introduce claras referencias a la “solución final” nazi. Lo dicho, adulteraciones.

Relatos familiares
 
Quienes busquen relatos tradicionales en los mágicos mundos de la animación, siempre pueden refugiarse en el ternurismo de las aventuras de “Alvin y las ardillas 3” (Mike Mithcell), “Copito de nieve” (Andrés G. Schaer), “El hombre cerilla” (Marco Chiarini) o “El rey León 3D” (Roger Allers y Rob Minkoff).  Nada nuevo bajo el sol (y las imágenes) de estas producciones. Junto a las epifanías navideñas, florece la unidad familiar. A este sentimiento se suma Cameron Crowe, quien después de su documental cuasi-panegírico Pearl Jam Twenty cambia radicalmente de tercio para trasladar las memorias de Benjamin Mee a California, donde un padre de familia (Matt Damon) abandona su empresa para cuidar de sus hijos, hacerse cargo de un zoo de animales salvajes y cambiar de vida después del trauma de perder a su mujer. La familia entendida sin lazos de sangre es la que reivindica “Maktub” (Paco Arango), que, inspirándose en el ‘best-seller’ El alquimista, congrega en una Nochebuena a varios extraños determinados a reponerse de sus respectivos dramas existenciales. El veterano Gary Marshall, a su vez, hace converger en la Nochevieja londinense diez subtramas distintas en “Noche de fin de año”.
 
Por El Cultural
 




23 10 2011

 

 

Últimos sueños en celuloide

El veterano cineasta ‘underground’ Jonas Mekas presenta sus videocartas

 

 

 

Han pasado más de ocho décadas desde que un militar ruso destruyera con sus botas la primera cámara que tuvo Jonas Mekas, pero la imagen persiste obstinada en el recuerdo del anciano cineasta. “Yo era un niño, y con toda mi inocencia salí a la carretera a fotografiar los tanques. Era mi primera cámara. El principio de todo. Y ahí sigue, destrozada en el suelo”. Nacido en Lituania en 1922, Mekas llegó a Nueva York en 1949, donde se convirtió en uno de los fundadores del cine underground estadounidense. Una etiqueta que no solo engloba su pionero cine de vanguardia sino su labor como escritor desde las páginas de su revista, la mítica Film culture (fundada en 1954), desde su columna del Village Voice, y desde su empeño de guardián de la memoria cinematográfica a través de Anthology Film Archives, institución única en el mundo que desde su fundación en 1970 cataloga, preserva y exhibe películas, todo tipo de películas, en uno de los mayores gestos de amor al cine de los que hay noticia.

Pero la cabeza de Mekas no se quedó anclada en aquellos años de ebullición artística ni su obra se atascó en ninguna tradición. En 2007 rodó con su afilada mirada puesta en la diminuta pantalla de los iPods 365 películas diarias (365 day project) que se estrenaron en Internet y que apuntaban sin prejuicios a eso que él describe como “filmar como reacción a la vida”. Una reacción que ahora emerge en un nuevo proyecto: las Correspondencias que, dentro de la serie de películas epistolares entre cineastas producidas por el CCCB de Barcelona y la Casa Encendida de Madrid, ha mantenido en los últimos dos años con el español José Luis Guerin. En ellas, además de hacer lo que más le gusta (bailar, beber vino y contemplar el paso de las estaciones por la ventana de su casa de Brooklyn), Mekas se pregunta por el misterio de filmar, el impulso irrefrenable de grabar momentos de su vida, fragmentos que perduran mientras los días siguen su curso. “¿Por qué grabo lo que grabo y no otra cosa? Es una pregunta retórica que me hago pero que en realidad no me interesa responder. Y no me interesa porque no hay respuesta. Los griegos lo sabían bien: hay musas y cuando llegan, simplemente, no podemos resistirnos a ellas”.

¿Y cuando se le apareció por primera vez su musa? “Tenía seis años”, responde con su inglés algo metálico, aun impregnado por sus orígenes. “Le recité a mi padre, que era un granjero, un hombre del campo, un largo poema épico sobre lo que él hacía en ese preciso momento. Es curioso, pero creo que he dedicado mi vida a intentar recrear aquel instante. No hago otra cosa: filmo sobre lo que veo, y, como entonces, siempre estoy muy cerca de los hechos”.

Pero los hechos tienen el pulso de su ánimo y por eso el cine de Mekas es un tratado compuesto por mil pedazos de realidad que reflejan su manera única de estar en el mundo. “Una situación, un sonido, un color… cualquier cosa activa dentro de mí ese impulso que me mueve a querer capturar esa memoria y, quizá, compartirla con otros. Aunque eso viene luego y, para mí, es secundario”.

Filma para sí mismo, insiste. La última vez que sacó su cámara ha sido por la mañana, cuando sobrevolaba los pirineos en avión. “Quería grabar la nieve de las montañas, esa nieve que lleva ahí toda la vida”. Hoy presentará en Barcelona sus cartas con Guerin y luego viajará en coche hasta Madrid con “una pandilla” compuesta por su hijo y viejos amigos llegados de toda Europa. “Somos unos cinco, queremos parar en lugares, ver el paisaje, conocer a la gente. Me gustaría pasar por Ávila. Desde hace años sigo los pasos de Santa Teresa. Tengo una película dedicada a ella, Las canciones de Ávila. Filmé en 1966 las primeras secuencias. Luego volví, el país era otro. Ella me seguía interesando: era una trabajadora, creo que de ahí viene nuestra vieja relación, pero por favor no me pregunte más, es difícil explicar que nos conecta con determinados santos”.

Mekas esquiva a su santa pero exige que se recuerde que la memoria fílmica de un país es tan importante como las obras de arte de sus museos. “Dígalo, escríbalo. Todos los gobiernos tienen la obligación de salvaguardar esa memoria, la que está en todas las películas, de todos los tipos”. La energía del anciano cineasta fluctúa: en su solapa, una chapa de apoyo al movimiento Occupy Wall Street reconoce que ya no es “el único soñador” que quedaba en Nueva York aunque su mirada a la ciudad no puede evitar estar teñida de nostalgia: “Mi vida en Nueva York no fue siempre de vino y rosas, pero yo solo recuerdo el vino y las rosas”.

Por El PAÍS